El sofá cuelga de una cuerda y desciende lentamente desde un cuarto piso agrietado. Abajo, varios vecinos lo esperan con los brazos extendidos para evitar que golpee el suelo. Nadie pierde de vista el edificio. Cada minuto dentro de esa estructura dañada implica un riesgo, pero dejar atrás los muebles y los electrodomésticos puede ser aún más devastador. En
La escena se repite una y otra vez. Sofás suspendidos por cuerdas improvisadas, sillas que bajan desde balcones resquebrajados, refrigeradores transportados entre varias personas y bolsas de ropa apiladas sobre la vereda. Allí donde antes había edificios llenos de vida, hoy quedan fachadas partidas y calles convertidas en depósitos improvisados de los recuerdos que sobrevivieron al desastre.
PUBLICIDAD
Entre los muebles amontonados aparece
“Qué pregunta tan difícil. Porque en el fondo sé que es un hogar.
PUBLICIDAD
Los dos terremotos de magnitudes
López pasó tres noches durmiendo en la calle después de que su departamento quedara inhabitable. Desde entonces, la incertidumbre reemplazó cualquier plan.
“Durante tres días dormí aquí afuera haciéndome la misma pregunta: ‘¿Qué va a pasar ahora?’. Esa es la pregunta que todos en La Guaira nos hacemos, porque no todos tenemos a dónde ir».
PUBLICIDAD
Como muchos venezolanos, tampoco cuenta con una red familiar cercana que pueda recibirla. Explica que la mayoría de sus parientes vive en otras regiones del país o emigró hace años.
“Estoy frente a un lienzo en blanco. Voy a empezar a pintar y a dibujar hoy mismo, porque no sé adónde voy. Estoy aquí con mi esposo tratando de averiguar qué vamos a hacer, porque no tenemos adónde llevar nuestras cosas”.
PUBLICIDAD
En cualquier otro lugar, perder un refrigerador o una cocina significaría un gasto importante. En la
Por eso muchos deciden volver a entrar a edificios que todavía no fueron declarados seguros.
“Te arriesgas la vida porque estamos en un país políticamente roto, porque tenemos un salario mínimo de cinco dólares y hasta el refrigerador más pequeño cuesta 380 dólares. Empezar de cero, con dos hijos y mi esposo, es muy difícil”.
PUBLICIDAD
Cada ingreso al edificio está acompañado por el mismo ritual. Antes de cruzar la puerta,
“Cada vez que entro digo: ‘Dios mío, si me diste una segunda oportunidad, por favor, no permitas que me lastime cuando entre a buscar mis cosas’”.
PUBLICIDAD
Mientras otro sofá comienza a descender lentamente sostenido por cuerdas y varias personas coordinan desde la calle cada movimiento para evitar que caiga al vacío, nadie aparta la vista del edificio. Algunos esperan en silencio. Otros levantan la mirada con preocupación. En La Guaira, rescatar una silla, un refrigerador o una mesa ya no significa salvar un mueble.
Compartir nota:





Deja una respuesta