El joven reparte bananas y manzanas. Tiene una canasta de mimbre con forma de cuenco tibetano. Lleva remera blanca, el pelo rasurado a los costados y una sonrisa ancha pero amarga. A su lado, su primo -luego se presentará como su primo- ofrece jugos de fruta en pequeños envases de cartón. La gente lo recibe y hace una reverencia antes de consumirlo. Mientras, el río suena allí abajo. Estamos, ahora, a unos veinte metros de altura de la cuenca del río, pero hace un mes
El río se ve así:
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En rigor, fue más o menos así. El 26 de agosto de 2026, a las 8:37 de la mañana, una enorme masa de roca y hielo glaciar se desprendió de la ladera norte de la montaña

Un mes después de la tragedia,
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Solo algunas casas resistieron en pie, como pequeños milagros de la casualidad. Una es este templo elevado en el poblado de Bidur, donde el joven de remera blanca ofrece frutas y su primo jugos.
–¿Sos parte del pueblo?
–Sí, pero ya no vivo acá.
–¿Y por qué repartís fruta?
–Es parte de nuestro ritual, una ofrenda que hacemos en su honor.
–¿Cómo estás vos?
–Triste. Pero son muchas las personas que se han perdido acá.

Bidur fue uno de los últimos poblados afectados por el coletazo de las aguas, pero río arriba la destrucción continúa.
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“Esto es terrible para nuestro pueblo nepalí, es una conmoción muy grande. Pero debemos decirle al mundo que no fue provocado por nosotros.
Si bien la explicación científica de lo que pasó es compleja, no se equiva en su análisis. Un estudio de
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Cerca de donde sucede nuestra charla está la famosa casita verde. Famosa es un término extraño en estos días. Es una de esas imágenes que recorren el mundo y ganan, en su viralidad, cierto reconocimiento. ¿Pero qué fama es la de una casa cubierta de lodo, inerte y abandonada, en pie mientras todo su vecindario se fue con las aguas?
Lo que sucedió allí fue que
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Ahí cerca, en la otra orilla río arriba, está otra de las historias en las que se impuso la vida: la escuela Tribhuvan Trishuli Secondary School de Bidur. Siete minutos después de las 8:37 de la mañana de aquel 26 de agosto, la primera gran oleada ya golpeaba Rasuwagadhi y seguía bajando por el valle. Cuando la advertencia finalmente llegó hasta la escuela, había más de 900 alumnos entrando a clase, y otros cientos todavía en camino. Se suponía que debía haber 1.643 chicos y chicas: el número total de alumnos matriculados.
El director se llama
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Desde la escuela salieron todos corriendo montaña arriba. Fue una decisión que valió cientos de vidas: entre la primera advertencia y la llegada de la pared de agua pasaron solo 14 minutos. El último micro alcanzó a cruzar el puente y detrás suyo se desplomó.
Todos los alumnos que estaban allí consiguieron salir. Hubo solo dos víctimas –que al día de hoy figuran aun como desaparecidos, sin confirmación de muerte–: un profesor de Ciencias Sociales de 32 años que quiso bajar a su casa junto al río, y un empleado de la escuela que habría vuelto al edificio para cerrar las puertas.
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Hoy, de la escuela no queda prácticamente nada. El lugar donde estaban las aulas es ahora parte del cauce del Trishuli, aunque algunas paredes asoman a la superficie. A pocos metros de allí, ladera arriba, quedaron aisladas comunidades enteras: los puentes desaparecieron y las rutas fueron tapadas por el río. Para volver a conectar las dos orillas, el ejército nepalí instaló cables y tirolesas. Por allí cruzan personas que necesitan buscar comida, pertenencias o que vuelven a la zona a rastrear familiares. A su vez, los rescatistas cruzan canastas metálicas suspendidas sobre el agua para hacer llegar víveres y otras provisiones.


“La otra orilla quedó desconectada y entonces vinimos a traer donaciones y tratar de ayudar de algún modo”, dice un vecino de la ciudad de Katmandú, la capital de Nepal, que llegó hasta ahí con dos amigos y varias cajas de alimento, ropa y mochilas.
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“Queríamos ayudar a los niños de la escuela. Ahí solía haber un pueblo, casas, de todo… pero quedó todo enterrado en el río. Lo bueno es que se salvó a todos los chicos, y eso fue gracias a la ayuda de los vecinos de la zona que empezaron a alertar para que la evacuaran. Por eso vinimos, para seguir ayudándonos entre todos”, dice.
Las donaciones a Nepal llegaron desde todo el mundo. Incluso desde la Argentina:

Llegar a Katmandú no es una misión sencilla. Antes de emprender el viaje,

Ya en terreno,


La muerte suena y huele diferente según dónde suceda. Horas más tarde, de regreso en Katmandú, seguirán viéndose ceremonias, esta vez diferentes, pero siempre junto a un río. Es que no existe en Nepal una única manera de despedir a los muertos:
El ritual se llama


Pero la riada cambió la escena por estos días, la volvió particularmente extraña porque miles de familias no tienen un cuerpo que despedir. Entonces hacen uno. Así lo indica la tradición:
Nadie puede llorar, no es recomendado:
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