Henry salió de la cocina del departamento en el cuarto piso del edificio Palmar Este 1 y le dijo a su esposa que estaba temblando. Eran las 6:05 de la tarde del 24 de junio en
Dos terremotos de sacudieron el norte del país con menos de un minuto de diferencia. El edificio se inclinó hacia un lado y Nayarit dejó de ver. “Fue como una ola. Yo era como una muñeca que giraba y no podía controlar mi cuerpo hasta que caí”, cuenta en diálogo con Infobae.
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Cayó sobre el brazo y la pierna derechos. Un calor intenso le abrasó ese lado del cuerpo. No podía moverse. En la oscuridad completa, sin saber dónde había quedado Henry, lo único que atinó a decir fue:
Nayarit y Henry se habían conocido en el colegio secundario a los 15 años. Se reencontraron años después, se hicieron novios y tres años más tarde se casaron.
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El agua que nunca llegó y la pierna fría de Henry
Nayarit no perdió la conciencia en ningún momento. Escuchaba agua corriendo entre los escombros y estaba convencida de que se iba a ahogar. Pasaron los minutos y el agua no subió. Entonces pensó que se quedaría sin aire. Pero seguía respirando. Se repetía una regla de supervivencia para calcular cuánto le faltaba para morir.
A las 7 de la noche sonó una alarma en su teléfono. La había programado para un curso de inteligencia artificial que iba a hacer con Henry. Así supo que había pasado cerca de una hora desde el derrumbe. Después sonaron los dos teléfonos. Reconoció el tono del suyo y el de su esposo. Intentó encontrarlos tanteando con la mano izquierda, la única que podía mover, pero todo lo que tocaba le cortaba la piel.
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“Dios, si puedo agarrar uno de esos teléfonos, puedo avisar que estoy viva todavía”, pensó.
Si ella estaba viva, razonó, probablemente Henry también. Empezó a gritar su nombre. No le respondió nadie. Gritaba y gritaba. Los teléfonos seguían repicando y en algún punto sintió que la tierra se movía otra vez. Supuso que eran réplicas. Las réplicas desprendían polvillo de los escombros y Nayarit temía que todo se desmoronara encima de ella. Después los teléfonos dejaron de sonar y el silencio fue total.
No tuvo hambre en ningún momento. “Debe ser por la situación de peligro”, explicó después a Infobae. Tenía mucho calor y estaba cansada. No podía dormir ni descansar.
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Empezó a rezar. Estaba aturdida y solo recordaba el
Comprobó que no se había golpeado la cabeza ni los ojos. Estaba lúcida.
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En algún momento, tanteando el entorno con la mano izquierda, tocó algo suave. Pensó que era una almohada. Estaba cerca de la sala cuando el edificio cayó. Tocó un poco más abajo y sintió los pelitos de una pierna.
Se quedó acostada sobre el cuerpo de Henry. Le dolía, pero no lloraba. Ni una lágrima.
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Fueron pasando las horas. De vez en cuando sentía una brisa de aire fresco que entraba desde algún lugar. Para sus adentros se decía que si entra aire,

Escuchó movimiento arriba, muy lejos, como si alguien lanzara escombros. Gritó “¡Auxilio!” con toda la fuerza que le quedaba. Nadie la escuchó. Agarraba trozos de escombros y los golpeaba contra otros, pero se desmoronaban y no hacían ruido suficiente. Entonces
“Eso como que me activó y empecé otra vez a gritar: ‘¡Aquí estoy, aquí estoy!’”, contó. Cuando salió se enteró de que no era solo su hermano. Varios familiares estaban afuera buscándola. Le gritaba a cada uno.
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Un tubo de hierro y una cerámica rota
Tanteando en la oscuridad, Nayarit encontró un tubo de hierro. Se le ocurrió golpearlo con los escombros, pero los trozos se desmoronaban al impacto. Hasta que dio con un pedazo de cerámica.
“Eso sí funcionó porque en algún momento, de tanto darle, escuché que alguien decía: ‘Sigue tocando, repica, repica’”, recordó.
Los rescatistas se acercaron y se alejaron tres veces.
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Aquellos escombros estaban siendo removidos por un contingente de rescate enviado a Venezuela por
Escuchó la voz de un muchacho que le dijo algo como:
Nayarit empezó a gritar con palabras para ver si la escuchaban. Uno de los rescatistas captó algo. “Chama, ¿tú estás gritando?” Ella gritó que sí. Casi no la escuchaba, pero eso le dio una pista de la dirección. Se fue acercando hasta que pudo distinguir lo que ella decía, aunque muy lejos. Le apuntaron con una linterna a través de los escombros. Al principio no la veía. Le preguntaban si podía ver la luz. No. No. Hasta que en un intento la distinguió y
Las tareas habían empezado cerca de las 2 de la tarde del viernes 26 de junio,
Empezaron a sacar escombros cerca del hueco donde ella estaba. Ya los podía escuchar mucho más. Cuando lograron abrir un espacio suficiente para escucharla con claridad, uno de los rescatistas le habló.

“Somos bomberos de El Salvador y venimos a rescatarte. Y no nos vamos a ir de aquí hasta que te saquemos”, le dijo. “Tenés que tener paciencia, debemos remover muchos escombros, pero de aquí no nos vamos hasta que te saquemos”.
El equipo médico le canalizó una vena y le suministró líquidos mientras seguían removiendo escombros. La rescatista que logró establecer contacto y extraerla fue
Cuando la luz entró al espacio donde Nayarit había pasado dos días,
Los rescatistas tuvieron que romper el lavamanos y el espejo del baño para abrir paso. Los más delgados entraban por el hueco de cabeza mientras otros empujaban desde arriba por los pies. Liberaron primero la pierna. Lo más difícil fue el brazo derecho, que había quedado debajo del cuerpo de Henry. Era más que todo la mano la que estaba aplastada. Usaron una palanca para levantar lo que lo retenía y cuerdas para sacarla, porque a Nayarit no le daban las fuerzas ni el ángulo para liberar su brazo.
Cuando salió acostada boca abajo en una camilla, vio que

La despedida de la mano derecha
Nayarit recibió los primeros auxilios en el Centro Médico de Pariata y fue trasladada a la clínica Santa Sofía en Caracas. Los médicos constataron que no tenía fracturas, pero sí heridas por aplastamiento en todo el lado derecho. Al principio estaban más preocupados por el pie que por la mano. Con el paso de los días, el tejido de la mano derecha adquirió un color gris.
“Me dijeron claramente, con todo el dolor del alma, que lo que se sugería era
Nayarit se dio cuenta de que su mano derecha estaba asociada con su identidad.
Cuando le comunicó a su familia que había aceptado la amputación, su hermano le respondió que “nos tienes a todos nosotros, no estás sola. Te apoyamos por siempre”. Los cirujanos reorganizaron durante la operación los músculos, nervios y venas del muñón para facilitar la adaptación a una futura prótesis.
“Haber perdido a mi esposo me duele más que haber perdido la mano derecha”, dice aún emocionada.

A tres meses del terremoto, Nayarit hace terapia psicológica. Al principio dormía mal. Ahora un poco mejor. Nunca soñó con el terremoto. Sí con Henry, como si estuviera vivo. También con su mano. La veía y la sentía real.
Desde que comenzó la terapia con un fisiatra, ejercita la mano izquierda para replicar la precisión que tenía con la derecha. Dibuja con lápiz, traza con pincel.
Su hermana abrió desde Francia una cuenta en
Lo que quedó en La Guaira
Sus suegros y otros familiares de su esposo trabajaron 19 días para
“Tengo mucho dolor y extraño a Henry, teníamos
El balance oficial difundido el 25 de agosto, a dos meses de la emergencia, elevó la cifra de muertos a
Mientras tanto, Nayarit Colmenares practica una nueva firma con la mano izquierda. De su vida anterior, sólo le queda el celular de Henry y el recuerdo de
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