
Berlín.
La paradoja Weidel comienza allí. Cuanto más se examinan su biografía y su carrera, más contradicciones aparecen. Pero esas contradicciones, lejos de destruirla políticamente, parecen haberse convertido en una de sus principales fortalezas.
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Weidel nació el 6 de febrero de 1979 en Gütersloh y creció en Harsewinkel, Renania del Norte-Westfalia, en la antigua Alemania Occidental.
Su nacionalismo llegó después. Antes llegó la economía.
Estudió Economía y Administración de Empresas en la Universidad de Bayreuth, obtuvo un doctorado en Economía y dedicó su investigación académica al sistema de pensiones de China. Trabajó en Goldman Sachs, desarrolló posteriormente actividades vinculadas con inversiones y consultoría, vivió varios años en China y aprendió mandarín.
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Ese capítulo asiático sirve para entender bastante más de Weidel que una simple curiosidad curricular. China le permitió observar desde dentro una potencia donde capitalismo, nacionalismo, planificación estatal, comercio internacional y poder político conviven de una manera muy diferente de la tradición liberal europea.
No significa que pretenda importar a Alemania el modelo chino. Significa algo más interesante: Weidel tiende a observar las relaciones internacionales menos como un enfrentamiento moral entre democracias y autocracias y mucho más como un tablero de intereses nacionales, energía, comercio, fronteras, industria y relaciones de poder.
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China pudo haber sido, en ese sentido, su primera escuela de realismo.
Las finanzas hicieron el resto.
Cuando habla de competitividad, Weidel posee una ventaja sobre buena parte de la dirigencia populista europea: comprende el lenguaje económico.
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Incluso mientras la economía comienza en 2026 a recuperar algo de crecimiento,
Weidel entendió que allí existía una oportunidad electoral enorme.
AfD nació hablando del euro. Creció hablando de inmigración. Ahora quiere conquistar Alemania hablando también de fábricas, inversiones y empleo industrial.
La inmigración moviliza al votante enfadado. La competitividad puede atraer al empresario mediano, al comerciante, al profesional independiente, al trabajador industrial y, especialmente, al tradicional votante conservador que durante décadas consideró a la CDU su casa política.
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Éste probablemente sea su movimiento estratégico más importante: transformar una protesta cultural y nacionalista en una potencial coalición económica y social.
Después aparece su vida privada.
Weidel mantiene desde hace años una relación con Sarah Bossard, productora cinematográfica suiza nacida en Sri Lanka y adoptada durante su infancia por una familia helvética. Tienen dos hijos.
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La contradicción resulta irresistible.
Una mujer lesbiana, casada con una mujer de origen asiático, cosmopolita, con extensa experiencia internacional y parte de su vida familiar desarrollada en Suiza dirige un partido profundamente nacionalista, restrictivo en inmigración y defensor de una concepción tradicional de la familia.
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Weidel parece resolver esa tensión separando radicalmente dos planos:
No convierte su propia biografía en programa político.
Puede vivir personalmente de manera heterodoxa y defender simultáneamente una concepción social conservadora.
De allí surgen prácticamente tres Alice Weidel. La primera es la
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Las tres terminan confluyendo en dos ideas:
Esos conceptos conectan inmigración y
La pregunta que une todo es la misma: ¿quién decide sobre Alemania?
AfD nació en 2013 fundamentalmente como reacción a la crisis del euro. Weidel ingresó ese mismo año. Desde entonces, el partido recorrió una enorme distancia desde aquella protesta monetaria hasta convertirse en una fuerza nacionalista que cuestiona cada vez más la transferencia de soberanía hacia las instituciones europeas.
Weidel reclama controles fronterizos mucho más estrictos, cuestiona elementos fundamentales de
Pero es en la inmigración donde su nacionalismo adquiere mayor intensidad.
Y allí aparece la figura controvertida de
La decisión de Merkel de permitir la entrada de centenares de miles de refugiados durante la crisis migratoria de 2015 fue uno de los acontecimientos que transformaron definitivamente a AfD. Para Weidel simbolizó la renuncia del Estado alemán a una de sus funciones más elementales: decidir quién puede entrar en su territorio.
La ironía histórica es extraordinaria porque la misma Merkel cuyo legado migratorio Weidel quiere demoler ofrece también el antecedente económico más cercano a una pieza fundamental de su proyecto:
Durante años Alemania combinó una poderosa industria exportadora con grandes cantidades de gas ruso relativamente barato transportado por gasoductos. Rusia suministraba energía y Alemania transformaba aquella energía en automóviles, productos químicos, maquinaria e ingeniería de alto valor agregado.
Los gasoductos Nord Stream fueron el símbolo de aquella simbiosis.
Merkel creyó que Alemania podía comprar gas barato a Moscú, comerciar intensamente con Rusia y permanecer simultáneamente firmemente integrada en la Unión Europea, la OTAN y la alianza estratégica con Estados Unidos.
Weidel quiere recuperar la primera mitad de esa ecuación.
Pero está mucho menos comprometida con la segunda.
Para ella,
Desde el punto de vista económico, el argumento merece ser discutido.
Desde el punto de vista geopolítico aparece el gran agujero negro de Weidel: su punto ciego con Rusia.
Merkel comerciaba con Moscú sin cuestionar el anclaje occidental de Alemania. Weidel propone reconstruir aquella relación después de que el régimen de Vladimir Putin lanzara la mayor invasión terrestre de Europa desde 1945 y cuando
La contradicción se hizo todavía más incómoda esta semana. El gobierno del canciller Friedrich Merz responsabilizó a Rusia de un ataque con drones contra el aeropuerto de Leipzig/Halle. Moscú lo niega.
Mientras el gobierno alemán acusa al Kremlin de desarrollar operaciones híbridas contra infraestructura alemana, la dirigente cuyo partido encabeza las encuestas nacionales propone volver a hacer negocios energéticos con Putin. Vaya ironía.
El contraste resulta brutal.
Weidel promete gas barato, industrias competitivas y empleo.
Pero alguien paga la factura política de ese gas.
Y ese alguien es, antes que nadie, Ucrania.
AfD pretende reducir o terminar el apoyo militar alemán a Kiev, revisar las sanciones contra Moscú y normalizar progresivamente las relaciones económicas con Rusia.
Putin difícilmente podría diseñar una combinación más favorable a sus intereses.
Alemania podría recuperar parte de la energía barata. Moscú recuperaría ingresos, influencia económica sobre la principal potencia industrial europea y, sobre todo, abriría una grieta gigantesca en la coalición occidental que sostiene a Ucrania.
Kiev, en cambio, perdería uno de sus principales respaldos.
Es aquí donde la
Alemania conoce históricamente muy bien el precio de conceder a Moscú zonas de influencia. Después de 1945, la Unión Soviética mantuvo dividida Alemania durante más de cuatro décadas y Berlín fue el símbolo físico de aquella fractura, además de una experiencia emocional que dejó profundas huellas en varias generaciones.
Por eso existe algo especialmente incómodo en escuchar a una dirigente que reclama soberanía absoluta para Alemania pero muestra una notable tolerancia hacia la violación de la soberanía ucraniana.
Weidel quiere recuperar el gas de Merkel sin recuperar la inmigración de Merkel y sin necesariamente conservar intacta la arquitectura atlántica de Merkel.
Ése es probablemente el componente más audaz —y también el más peligroso— de su proyecto.
Y conduce, por un hilo casi invisible, hacia Francia y su próxima gran batalla presidencial de 2027.
Marine Le Pen realizó durante años una operación que Weidel observa con atención: transformar una fuerza políticamente tóxica en una organización normalizada capaz de disputar el poder nacional.
El
No existe evidencia seria que permita afirmar que Putin dirige políticamente a Weidel o Le Pen. Pero tampoco hace falta ninguna conspiración para comprender los beneficios estratégicos que Moscú obtendría si fuerzas de este tipo gobernaran simultáneamente Alemania y Francia.
No necesitarían destruir formalmente la Unión Europea.
Si París y Berlín cambian de dirección, Europa cambia.
Una Francia y una Alemania partidarias de devolver poder desde Bruselas hacia los Estados, reducir sanciones contra Rusia y disminuir el respaldo militar a Ucrania alterarían el funcionamiento de la Unión desde su propio corazón.
Weidel también ha construido puentes con la nueva derecha estadounidense. JD Vance se reunió con ella. Elon Musk la entrevistó y respaldó públicamente a AfD. Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, es uno de los empresarios e intelectuales tecnológicos más influyentes del universo político que rodea a Vance. Actualmente mantiene además inversiones e intereses crecientes en Argentina y adquirió una residencia en Palermo Chico, Buenos Aires.
Y hay un dato todavía más sugestivo: la propia Weidel afirmó públicamente que podría imaginar en un eventual gobierno suyo a empresarios como Elon Musk, Peter Thiel o Theo Müller.
La aparente contradicción reaparece: Weidel puede acercarse a Vance, Musk y Thiel mientras busca simultáneamente una reconciliación con Putin.
Para un atlantista tradicional resulta difícil de comprender.
Para ella probablemente no.
Alemania debería negociar con todos y escoger aquello que considere conveniente:
Pero antes de llegar a la Cancillería Weidel necesita resolver algo mucho más concreto: demostrar que AfD puede gobernar.
Ahí entra
Es uno de los 16
Su candidato es Ulrich Siegmund.
Tiene 36 años, estudió Psicología Económica y Administración de Empresas, domina las redes sociales, habla con tranquilidad y entiende perfectamente el poder político de una imagen amable.
Sonríe. Habla de familias, escuelas, seguridad, precios y sentido común. Evita buena parte de la estética agresiva históricamente asociada con sectores de la extrema derecha.
Es, políticamente,
No porque oculte clandestinamente sus propuestas —muchas están escritas—, sino porque existe una enorme distancia entre el envoltorio moderado y la radicalidad de una parte sustancial de su programa.
Deportaciones más agresivas, restricciones adicionales para solicitantes de asilo, revisión del tratamiento de refugiados ucranianos, cambios profundos en educación y cultura, eliminación de determinadas políticas de género, restricciones a símbolos LGBT en instituciones públicas, menor financiamiento para organizaciones consideradas ideologizadas y una relación mucho más amistosa con Rusia.
Siegmund es el piloto de pruebas.
Weidel es la candidata que quiere llevar el experimento hasta Berlín.
Y este jueves 3 de septiembre la propia Weidel elevó la apuesta. Junto con
Ya no habla como una dirigente que espera obtener un buen resultado regional. Habla como alguien que intenta
Y los números explican por qué.

Existe un verdadero
Civey coloca a AfD en 43% y CDU en 21%. Infratest dimap, 42% contra 22%. Forschungsgruppe Wahlen, 40% contra 23%. INSA, 43% contra 22%.
Cuatro institutos distintos y prácticamente la misma fotografía.
El promedio del cluster coloca a AfD alrededor de 42% y a CDU en apenas 22,1%.
No estamos ante una encuesta extravagante.
Estamos ante una tendencia.
En 2021 AfD había obtenido 20,8%. Cinco años después puede duplicar su porcentaje.
Pero además existe un pequeño mecanismo matemático capaz de transformar una enorme victoria en algo todavía mayor.
La última medición de INSA antes del domingo coloca a AfD en 43%, CDU 22%,
Para ingresar normalmente al
Si BSW, FDP y otras pequeñas fuerzas quedan debajo, aproximadamente 11% de los votos no participaría del reparto proporcional principal.
Entonces el 43% de AfD representaría alrededor del 48,3% del voto correspondiente a las fuerzas representadas.
Y todavía existe otra variable decisiva.
Die Grünen (Los Verdes) aparecen exactamente en 5%.
Si terminaran apenas por debajo del umbral y tampoco ingresaran, aquel mismo 43% de AfD equivaldría aproximadamente al 51,2% del voto correspondiente a los partidos representados.
No significa automáticamente 51,2% de las bancas porque el sistema incorpora mandatos directos y mecanismos específicos de compensación.
Pero explica perfectamente el suspenso.
AfD podría acercarse a una mayoría absoluta parlamentaria sin obtener 50% del voto popular.
Por eso el domingo no habrá que mirar únicamente a AfD.
Habrá que observar décima por décima a Verdes, BSW y FDP.
Esas pequeñas minorías pueden determinar si Alemania despierta el lunes simplemente con una victoria espectacular de AfD o con algo mucho más grande: el primer gobierno regional controlado por el partido.
Un verdadero terremoto político.
Y allí aparece el
Es la decisión de los principales partidos, especialmente CDU/CSU, de no gobernar con AfD.
Mientras AfD obtenía 15% o 20%, mantenerlo era relativamente sencillo.
Con 42%, la matemática comienza a volverse incómoda.
Excluir al partido claramente más votado podría requerir acuerdos entre CDU, SPD, Verdes e incluso alguna forma de cooperación con
El
Ésa es la apuesta de Weidel.
No necesita convencer hoy a la CDU para formar una coalición. Le alcanza con aumentar cada vez más el coste político de excluirla.
Y esa estrategia coincide con otro fenómeno devastador para el
En febrero de 2025 CDU/CSU obtuvo 28,5% y AfD 20,8%.
Hoy las últimas mediciones nacionales muestran prácticamente la imagen invertida: AfD se mueve alrededor de 28%-29% y CDU/CSU apenas alrededor de 20%-21%.
La fuerza de Weidel ganó aproximadamente ocho puntos mientras el espacio del canciller perdió una magnitud semejante.
Hay algo todavía más revelador en Sajonia-Anhalt: mientras Weidel nacionaliza la elección y coloca su propio liderazgo detrás de Siegmund, la CDU local intenta presentar a Sven Schulze como candidato regional y despegarlo cuanto puede del desgaste del gobierno federal.
Weidel quiere que el domingo también se vote contra Merz.
La CDU preferiría que el votante no piense demasiado en él.
Si AfD obtiene 40%, será una victoria extraordinaria.
Con 42% o 43%, Alemania hablará de sismo político.
Y si las pequeñas fuerzas quedan atrapadas debajo del 5% y Siegmund consigue además una mayoría parlamentaria, la política alemana entrará en territorio desconocido.
Por primera vez AfD podría disponer de un
El laboratorio habría abierto sus puertas.
Siegmund sería el piloto de pruebas surgido de ese banco de ensayo.
Y Alice Weidel tendría algo mucho más poderoso que una encuesta: un gobierno para exhibir.
Después vendrán Berlín y
Entonces aparecerá la pregunta nacional: si AfD continúa siendo fundamentalmente la rebelión del Este o si Alice Weidel está consiguiendo transformarla en una
Y allí volvemos al aparente catálogo de contradicciones que representa Alice Weidel: economista occidental formada en Bayreuth, curtida en China, ex Goldman Sachs, lesbiana, casada con una mujer de origen asiático, madre de dos hijos, con parte de su vida familiar en Suiza, defensora política de la familia tradicional, profundamente nacionalista, anti-Bruselas, enemiga del legado migratorio de Angela Merkel y, simultáneamente, partidaria de recuperar uno de los grandes pilares económicos de aquella misma era Merkel: la energía rusa barata.
Quizás su éxito consista precisamente en haber ordenado todas esas contradicciones alrededor de una idea extremadamente sencilla:
El domingo esa doctrina dejará de ser teoría. Ulrich Siegmund será el piloto de pruebas, Sajonia-Anhalt el laboratorio y Alice Weidel estará mirando hacia Berlín mientras Friedrich Merz probablemente mire, con bastante menos entusiasmo, hacia Magdeburgo.
Porque si el
Será otra mucho más incómoda para el sistema político alemán:
Y si Siegmund consigue además gobernar, aparecerá inmediatamente una segunda:
Pero habrá todavía una tercera, bastante más inquietante para Europa.
Si Weidel convierte el descontento alemán en poder, recupera la relación energética con Moscú y sacrifica en el camino parte del apoyo a Ucrania, Putin puede terminar consiguiendo a través de las urnas europeas algo que sus tanques no pudieron conseguir:
Por eso lo que puede ocurrir el domingo en Sajonia-Anhalt no termina en Magdeburgo.
El lunes Alemania puede despertar con un nuevo gobierno regional.
O puede despertar descubriendo que el terremoto político que durante años intentó contener
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