
“Yo los puse en mi barco. / Era de día y Francia / su vestido de lujo / de cada día tuvo aquella vez, / fue la misma claridad de vino y aire / su ropaje de diosa forestal. / Mi navío esperaba / con su remoto nombre ‘Winnipeg’”, dicen los primeros versos de
Tras la derrota de la República, en abril de 1939, centenares de miles de españoles cruzaron la frontera con Francia para escapar de la represión franquista. El gobierno francés internó a la mayoría de ellos en unas barracas construidas de apuro cerca de la frontera,
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Neruda, que había sido cónsul chileno en Barcelona y Madrid entre 1934 y 1936, ciudades donde conoció a Federico García Lorca, Miguel Hernández, León Felipe, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda y muchos otros escritores e intelectuales que apoyaban a la República. Conmovido por la situación de los refugiados, junto con el ministro de Relaciones de Chile, Abraham Ortega Aguayo, convencieron al presidente Pedro Aguirre Cerda, que había llegado al Palacio de la Moneda como candidato del Frente Popular, para que
Para financiar el viaje unieron esfuerzos el Comité Chileno de Ayuda a los Refugiados Españoles, el organismo del Gobierno republicano en el exilio Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles, la Federación de Organizaciones Argentinas Pro Refugiados Españoles (FOARE), El Comité Nacional Pro Defensa de la República Democrática junto al Comité Central de Españoles desde Uruguay y el Ateneo Español Republicano de Bogotá.
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Los preparativos
Para que coordinara la operación y seleccionara a los viajeros, el presidente Aguirre Cerdá nombró a Neruda cónsul delegado para la Inmigración Española y lo envió a Paris. Allí, el poeta y diplomático se ocupó personalmente de entrevistar a los postulantes. Realizó la convocatoria que él mismo se ocupó de redactar y se distribuyó en los campos de internación. “Españoles. Tal vez de toda la vasta América fue Chile para vosotros la región más remota. También lo fue para vuestros antepasados. Muchos peligros y mucha miseria sobrellevaron los conquistadores españoles. Durante trescientos años vivieron en continua batalla contra los indomables araucanos. De aquella dura existencia queda una raza acostumbrada a las dificultades de la vida.

La respuesta fue masiva e inmediata. Uno de quienes se presentó a las entrevistas fue el ingeniero Víctor Pey, que durante la Guerra Civil se había encargado de adaptar la industria metalúrgica catalana a la fabricación de municiones y armas de guerra. “Creí que era una gestión perdida porque fue muy poco cálida la entrevista con Neruda, pero a los diez días recibí una nota que decía que abordásemos (con mi hermano) de inmediato el
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El
Para principios de agosto estaba todo listo, con el barco en condiciones de zarpar y los viajeros seleccionados. “No teníamos autorización para vivir en Francia, y teníamos miedo de ser deportados.
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Una travesía peligrosa
El
Cuando se alejaron de la costa francesa, muchos de los refugiados creyeron que ya estaban a salvo y que solo los esperaba una tranquila travesía hacia América. No sabían que su destino se estaba jugando en una sorda batalla que se libraba entre varios miembros de la tripulación.
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Hijo de uno de los refugiados que abordó el barco, en su libro-reportaje
La travesía duró un mes y los últimos días de navegación el
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Recibidos por Allende
En tierra los refugiados fueron recibidos por autoridades del gobierno, entre las cuales se encontraba el ministro de Sanidad Salvador Allende, el mismo que llegaría a la presidencia tres décadas más tarde. Su presencia allí no era simplemente protocolar, sino que
Entre quienes pisaron suelo chileno se encontraban el dramaturgo y ensayista José Ricardo Morales, el pintor José Balmes, la artista plástica, Roser Bru, el historiador Leopoldo Castedo, el periodista Isidro Corbinos, su colega Elena Gómez de la Serna, la actriz y dramaturga Monserrat Julió, la pianista Diana Pey y su marido, el ingeniero Víctor Pey. También la niña Agnes América Winnipeg Alonso Bollada, nacida durante la travesía.
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En los días siguientes, los refugiados se separaron. Un gripo se quedó en Valparaíso, con la intención de radicarse allí; otros abordaron un tren para cruzar a la Argentina con destino a Buenos Aires, mientras que la mayoría se dirigió a Santiago, donde al bajar del tren fueron recibidos por una multitud de españoles refugiados y chilenos simpatizantes de la República.
Cuando los refugiados del
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