
Los Beatles tocaron su último concierto pago la noche del lunes, con frío, niebla y viento, ante un estadio a medias lleno, en una cancha de béisbol de San Francisco. Era el 29 de agosto de 1966. El escenario estaba detrás de la segunda base, rodeado por una jaula de alambre de un metro ochenta de alto. Afuera, un camión blindado esperaba para sacarlos de ahí.
Aquel hecho ocurrido hace 60 años es importante porque marcó el cierre definitivo de la etapa de los shows en vivo y resumió el agotamiento, el miedo y el cambio artístico que atravesaba la banda.
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Todo había empezado dos meses antes, cuando terminaron de grabar
Hasta que los Beatles aparecieron, un disco era literalmente el registro de una actuación en vivo. Pero ellos habían empezado a ver el estudio como una plataforma creativa en sí misma, un lugar donde experimentar con sonidos que nadie había intentado antes. Eso los entusiasmaba.
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Mientras Bob Dylan y los Rolling Stones inventaban lo que hoy reconocemos como el recital de rock moderno, los Beatles tenían la cabeza en otro lado. Sus shows de 1966 seguían el formato de un variety televisivo de los años cincuenta: cinco o seis actos, y los Beatles al final, con una media hora frenética antes de decir buenas noches. El público no iba a escucharlos.
Antes de llegar a Estados Unidos, la gira ya había sido una pesadilla. En Tokio, Japón, grupos nacionalistas marcharon con carteles que decían “Beatles, váyanse a sus casas”. En Manila, Filipinas, el grupo rechazó sin saberlo una invitación de la primera dama Imelda Marcos a una recepción en el Palacio Presidencial. Los despidieron con una multitud hostil que los escupió en el aeropuerto.
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El 4 de marzo de 1966, el diario británico
El 29 de julio, la revista estadounidense
Una iglesia de Ohio anunció que excomulgaría a los feligreses que escucharan a la banda. En los puntos más conservadores del país se organizaron quemas públicas de discos. El Ku Klux Klan amenazó con hacer piquetes en el recital de Washington. Cinco miembros enmascarados de la organización supremacista blanca se presentaron, pero quedaron completamente eclipsados por los 32.000 fanáticos de la banda.
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El 6 de agosto, Brian Epstein, representante de Los Beatles, tuvo que dar una conferencia de prensa en Nueva York para contener el escándalo. Cinco días después, Lennon habló públicamente en Chicago, donde comenzaba la gira por Estados Unidos, para aclarar sus palabras. “Si hubiera dicho que la televisión era más popular que Jesús, no habría pasado nada”, explicó. “No era mi intención ofender”.

Los Beatles llegaron a Estados Unidos en medio de esa tormenta. Tocaron ante estadios con cientos de butacas vacías, algo que nunca les había pasado.
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El momento más tenso de toda la gira ocurrió el 19 de agosto en Memphis. Antes del primer concierto, el entorno de la banda recibió un llamado anónimo: uno o todos los Beatles serían asesinados durante la actuación. Afuera del estadio, el Ku Klux Klan clavó un disco de la banda en una cruz de madera y prometió venganza. Durante el show nocturno, alguien arrojó
Tony Barrow, jefe de prensa de la banda, lo recordó con precisión: “Los que estábamos al lado del escenario, incluidos los Beatles que estaban sobre él, miramos inmediatamente a John Lennon. No nos habría sorprendido verlo desplomarse”. Era tan solo un petardo. Pero el pánico fue real, hubo corridas y heridos leves. El público, en su mayoría fanáticos furiosos con los fundamentalistas que habían generado el clima de amenaza, reaccionó con indignación.
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Lo que nadie sabía en ese momento es que entre el público de aquella gira había un joven que rompía discos de los Beatles por considerarlos blasfemos, pero que al mismo tiempo idolatraba a Lennon.
Al día siguiente de Memphis, la banda debía tocar en Cincinnati. La lluvia torrencial y los relámpagos los obligaron a posponer un show por primera y única vez en su carrera: los organizadores no habían construido el techo prometido. Paul McCartney se enfermó ante la idea de ser electrocutado en escena. El concierto se reprogramó para el día siguiente, lo que los forzó a actuar dos veces en un mismo día en dos ciudades separadas por 550 kilómetros.
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Para ese entonces, la decisión estaba prácticamente tomada. Le habían comunicado a Epstein que no iban a seguir girando. Lo que quedaba era llegar a San Francisco y despedirse, aunque
La banda llegó a San Francisco el 28 de agosto, después de tocar en el Dodger Stadium de Los Ángeles. El lunes 29, Candlestick Park —estadio de béisbol de los Gigantes de San Francisco—
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Esa noche fue fría, con niebla y viento. El escenario, armado justo detrás de la segunda base, tenía metro y medio de altura y estaba encerrado en una jaula de alambre. Al costado, estacionado y a la vista de todos, estaba el camión blindado en el que buena parte del público creyó que estaban los Beatles. En otros conciertos de la gira
En realidad, los cuatro estaban en el vestuario, en medio de una fiesta improvisada rodeada de celebridades. Joan Baez era una de las presentes. El crítico musical Ralph F. Gleason también. El presentador oficial era el DJ Gene Nelson, conocido como “Emperor Gene”, de la radio KYA 1260 AM, quien intentaba entretener a una multitud que pedía a los gritos por los Beatles pero dirigía los reclamos hacia el camión blindado.

“Estaban pasándola genial en el vestuario, mientras se me congelaba el culo en la segunda base”, declaró Nelson. Mientras los teloneros —The Remains, Bobby Hebb, The Cyrkle y The Ronettes— se sucedían en el escenario, Igor Davis, corresponsal del diario
A las 21.27, los Beatles salieron al escenario entre alaridos. Tocaron once temas: “Rock And Roll Music”, “She’s A Woman”, “If I Needed Someone”, “Day Tripper”, “Baby’s In Black”, “I Feel Fine”, “Yesterday”, “I Wanna Be Your Man”, “Nowhere Man”, “Paperback Writer” y “Long Tall Sally”. Ninguna canción de
La actuación fue algo más larga y enérgica que lo habitual en esa gira, donde los shows raramente superaban los 20 o 25 minutos. Casi no hubo pausas entre canción y canción, pero el intercambio entre los músicos sobre el escenario fue más relajado y espontáneo que en cualquier otra fecha. Se hicieron chistes. Se dijeron cosas entre ellos. Como si supieran, y lo sabían, que
Lennon y McCartney llevaron una cámara al escenario y tomaron fotos del público. Antes de uno de los últimos temas, la apoyaron sobre un amplificador con un lente gran angular. George Harrison lo recordó en el documental

McCartney le había pedido a Barrow, casi al pasar, que grabara el concierto con un grabador de cassette portátil. “¿Tenés tu grabador?”, le preguntó. “Sí, claro”, respondió Barrow. “Grabalo, ¿querés?”, dijo McCartney. Barrow salió al campo antes que los Beatles y levantó el micrófono. La distancia entre el escenario y las tribunas, y el hecho de que fuera un estadio abierto, le permitieron captar algo de sonido por encima de los gritos.
En el avión de regreso, McCartney asomó la cabeza por encima del asiento de Barrow: “¿Grabaste algo?”. Barrow le pasó el grabador. “Está todo, desde el feedback de guitarra antes del primer tema”, le dijo, “salvo que la cinta se terminó en el medio de Long Tall Sally”. McCartney quedó conforme. Barrow guardó el original bajo llave en un cajón de su escritorio e hizo una sola copia para uso personal. Años después, la grabación apareció como álbum pirata. Nunca se supo cómo salió de ese cajón.
Esa noche cerraron con “Long Tall Sally”, de alguien que idolatraban:
Ringo Starr tardó en procesar lo que había pasado. “No me sentí seguro de que fuera la última vez hasta que regresamos a Londres”, dijo en

Cuando Harrison dijo que los Beatles habían cambiado la fama y el dinero por sus sistemas nerviosos, estaba hablando exactamente de eso.
Después de una pausa, los cuatro se reunieron en
La única aparición en vivo que siguió fue el 30 de enero de 1969, no anunciada, en la terraza del edificio de Apple Records en Londres. Cinco canciones. Sin estadio, sin camión blindado, sin jaula de alambre. Y con la banda ya desmoronándose por dentro.
Detrás de la segunda base de Candlestick Park, aquella noche de niebla y viento de hace seis décadas, habían tocado por última vez ante un público que pagó una entrada. Nueve años en los escenarios, unas 1.400 actuaciones, y un final que nadie en las tribunas supo que estaba presenciando. Los fanáticos que recogieron colillas de cigarrillos del escenario como recuerdo no sabían que se estaban llevando a casa un pedazo del último show. Nadie lo sabía, salvo los cuatro que se sacaron una foto de espaldas al público antes del último bis.
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