
J. Edgar Hoover no cabía en sí del orgullo la noche del domingo 22 de julio de 1944 cuando convocó a la prensa para anunciar la muerte de John Dillinger, ocurrida esa misma tarde a la salida de un cine de Chicago, cuando intentó escapar de un equipo de detectives especialmente creado para capturarlo. “
Para entonces, la noticia de la muerte del asaltante de bancos más famoso de la época estaba en la portada de los diarios. “Los planes de la policía para capturar a Dillinger habían fracasado repetidamente (…). Cuando los agentes se encontraban muy cerca, apuntaron sus pistolas contra él y dispararon. No hubo, por lo tanto, lucha, pues Dillinger, aunque trató de sacar su pistola, no tuvo tiempo de llevarse la mano al bolsillo donde la guardaba. Los disparos alcanzaron al gánster en la parte superior del cuerpo y cayó al suelo bajo los efectos de un colapso a causa de las heridas. Según el jefe del departamento de Justicia, a Dillinger se le salieron los ojos de las órbitas”, se podía leer en la crónica publicada por el
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La nota del
El BOI salió de inmediato a confirmar que el muerto era sin lugar a duda John Dillinger, el criminal más buscado de los Estados Unidos, pero no pudo evitar que los medios se hicieran eco de versiones que afirmaban todo lo contrario.
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Mientras corría ese rumor, se desató otro escándalo alrededor del cadáver. El 3 de agosto, un diario de Chicago publicó una crónica en la que afirmaba que el encargado de casa de pompas fúnebres donde fue llevado el cuerpo del gángster para prepararlo para el sepelio descubrió que le faltaba el cerebro. Se decía también que lo había extraído –con autorización de Hoover– un equipo de neurólogos que tenía la misión de estudiarlo.

Una frase inquietante
Las sospechas sobre la verdadera identidad del muerto se acrecentaron un par de meses después, cuando que uno de los hombres más cercanos a Dillinger pronunció una enigmática frase minutos antes de enfrentar a la muerte. Fue poco antes de ser atado a la silla eléctrica de la prisión estatal de Ohio, que Harry Pierpont soltó esas palabras que, dicen algunas crónicas, molestaron sobremanera a Hoover: “
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No hizo falta que nadie le aclarara la frase a Hoover. Apenas se la repitieron supo que estaba dirigida a él o, más precisamente, que apuntaba a desacreditarlo ante la opinión pública. Pierpont era un hombre de muy pocas palabras, una definición que también se aplicaba a su vida criminal: nunca había confesado sus crímenes y mucho menos delatado a alguno de sus cómplices. Por eso, esas “últimas palabras” del delincuente echaron más leña al fuego de las polémicas que comenzaban a subir de tono alrededor de la muerte de Dillinger.
La noticia de la caída de Dillinger bajo las balas de los hombres de Hoover dividió a la sociedad estadounidense. Mientras unos la consideraban un éxito de la ley y el orden, otros la lamentaban porque en apenas dos años de carrera criminal el delincuente más buscado se había ganado la simpatía de muchos norteamericanos que habían perdido sus bienes o sus trabajos por el crack financiero de 1929 y consideraban que
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Eso no le molestaba a Hoover, que venía construyendo su imagen de duro e implacable con el mundo de crimen sin que importaran demasiado los métodos. Pero la “verdad” a la que aludía la frase casi póstuma de Pierpont contribuía a poner en ridículo al jefe de la agencia que en el futuro sería el FBI. Porque ya no eran pocos los que se preguntaban si el muerto era realmente John Dillinger u otra persona, un involuntario protagonista de un ardid montado por el propio enemigo número uno para engañar a sus perseguidores y vivir tranquilo el resto de sus días. Si Pierpont se había referido a eso y podía comprobarse, la imagen de Hoover se caería a pedazos.

El terror de los bancos
John Dillinger había aprendido todo en la cárcel, en la que cayó cuando era muy joven por un error de principiante. Tenía 21 años y nunca había cometido un delito hasta una noche de 1924 cuando un amigo, Ed Singleton, le pidió que lo acompañara asaltar el negocio de un tendero del barrio en que vivían. El asalto les salió bien, pero dejaron tantos rastros que cayeron presos al día siguiente. Singleton, que pudo pagar un abogado, fue condenado a dos años de cárcel; en cambio, Dillinger, con un defensor oficial, recibió nueve. Detrás de las rejas se relacionó con un grupo de presos que cumplían condenas por asaltar bancos y con ellos
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A partir de allí su salto a la fama como asaltante de bancos fue vertiginoso. En poco más de un año, desde mayo de 1933 hasta poco antes de su -cierta o supuesta– muerte, había capitaneado dos bandas y asaltado decenas de bancos, con botines de cientos de miles de dólares; capturado y encarcelado, protagonizó fugas espectaculares para retomar de inmediato su raid criminal.
La banda que lideraba utilizaba siempre el mismo modus operandi. Dillinger y sus hombres estudiaban los movimientos del banco de una pequeña localidad; el día elegido, entraban cinco delincuentes al local mientras un cómplice esperaba afuera con el auto en marcha, una vez adentro Dillinger gritaba
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Debutaron, si se puede decir así, asaltando un banco en Bluffton, Ohio. El asalto fue un éxito, al que siguieron otros más. Su carrera pareció terminar el 22 de septiembre, cuando la policía lo cercó y lo capturó, pero cuatro días después, sus cómplices Harry Pierpont, Russell Clark, Charles Makley y Harry Copeland, entraron a la prisión de Lima vistiendo uniformes policiales y le dijeron al sheriff Jessie Sarber que tenían orden de llevar a Dillinger a una prisión en Indiana. Cuando el sheriff les pidió las credenciales y la orden de traslado, le contestaron con un balazo. Escaparon con éxito después de encerrar al sheriff y a su mujer en la misma celda en la que había estado Dillinger y días más tarde retomaron su raid de asaltos. Armados con pistolas y ametralladoras robadas del arsenal de la policía de Auburn, Indiana, en poco tiempo desvalijaron media docena de bancos en distintos pueblos y pequeñas ciudades de ese Estado.
Se habían impuesto una regla de oro: no derramar sangre. No por humanidad, sino para que, en caso de ser capturados, solo les pudieran aplicar penas menores. Todo cambió cuando uno de los miembros de la banda, John Hamilton, mató a un policía y el asalto al Primer Banco Nacional del Este de Chicago terminó en un tiroteo donde perdió la vida el oficial William Malley. Para entonces, los buscaban las policías de Indiana y de Chicago, a las que se sumó pronto la agencia que dirigía J. Edgar Hoover, quien le encargó a uno de sus agentes más implacables, Melvin Purvis, que capturara a Dillinger vivo o muerto.
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Un escape espectacular
En su raid de asaltos desvalijaron varios bancos en Florida y en Arizona, y después Dillinger y su banda decidieron tomarse un descanso y disfrutar del dinero ganado a punta de pistolas y ametralladoras. El 23 de enero de 1934 se alojaron con nombres falsos en el Historic Hotel Congress de Tucson, con un botín de 25.000 dólares –una verdadera fortuna en esa época– que repartirían mientras celebraban con champagne en una de las habitaciones. Estaban en eso cuando
Parecía que la carrera criminal de John Dillinger había llegado a su fin, pero el 3 de marzo protagonizó otra fuga espectacular. Consiguió un pedazo de madera,
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Dillinger buscó refugio en Chicago, donde estaba su novia, Evelyn Frechette, y allí formó una nueva banda con varios asaltantes experimentados: Homer Van Meter, Lester Joseph Gillis, Baby Face Nelson, Eddie Green y Tommy Carrol. Con ellos no demoró en retomar su raid de asaltos bancarios. El 3 de abril la policía de Chicago cercó a Dillinger y a su cómplice Eddie Green, que se resistieron a los tiros. Green cayó muerto, pero Dillinger, aunque herido, logró romper el cerco y escapó con Evelyn a Mooresville, Indiana. Pocos días después, la chica volvió a Chicago para tratar de retomar contacto con el resto de la banda, pero el FBI la identificó y la detuvo.

Un tal Jimmy Lawrence
Los primeros días de julio de 1934, un hombre llamado Jimmy Lawrence comenzó a hacerse ver en algunos bares de Chicago. Decía que era funcionario de la Junta de Comercio y, aunque no ostentaba, se veía que tenía dinero y que le gustaba gastarlo. Una de esas noches, en el club Barre of Fun, conoció a Rita “Polly” Hamilton, una joven prostituta con la que comenzó a salir asiduamente. Polly vivía en la casa que regenteaba su madama, una mujer que se presentaba como Anna Sage, pero que en realidad era una inmigrante ilegal originaria de Rumania. Cuando Polly le presentó a su nuevo novio, a la señora Sage se le ocurrió que ese hombre tenía una cara que ella conocía. Y así era,
Anna Sage pensó que si Lawrence era realmente Dillinger no solo podía ganar un buen dinero sino conseguir algo que necesitaba con urgencia, legalizar su residencia en los Estados Unidos. Por su oficio, tenía buenos contactos con la policía local y a través de un detective amigo –es decir, uno de los que cobraban sobornos para no allanarle el burdel– buscó la manera de contactar al BOI, la agencia que dirigía Hoover y que ofrecía la recompensa. El detective se llamaba Martin Zarcovich y, después de informar a sus jefes, se puso en contacto con el hombre encargado de perseguir a Dillinger en el BOI, Melvin Purvis, que a su vez informó a Hoover.
Por orden de su jefe Purvis le prometió a Anna Sage que recibiría la recompensa, pero también la amenazó: le aseguró que si no llegaban a capturar a Dillinger la deportarían a Rumania en cuestión de días. Acordaron que apenas supiera con certeza dónde estaría el enemigo público número uno, pasaría la información para que lo capturaran. El 22 de julio a la mañana, la madama rumana salió de burdel, fue hasta el teléfono público más cercano y llamó al número que le había dado Purvis. Cuando la atendieron,

Disparos por la espalda
Minutos después de las siete de la tarde del 22 de julio, un equipo del BOI encabezado por Purvis se desplegó en los alrededores del Biograph Theatre. No llevaban mucho tiempo ahí cuando vieron llegar al hombre llamado Jimmy Lawrence al que Anna Sage había identificado como Dillinger. Venía acompañado por Polly y por la propia madama, vestida con una pollera roja, una prenda que había acordado llevar para que la reconocieran los agentes.
Los hombres del BOI no los detuvieron en ese momento, sino que dejaron que el trío entrara al cine. El plan era esperar que terminara la película para capturar a Dillinger cuando saliera, vivo si no ofrecía resistencia, muerto si intentaba escapar. Cuando la película estaba a punto de terminar, Purvis se instaló cerca de la puerta del cine. El plan era avisar a sus hombres que Dillinger estaba saliendo con una señal: sacaría un cigarro de su bolsillo y lo encendería. Lo hizo, pero además de alertar a sus agentes, el gesto de Purvis también puso sobre aviso al hombre que debían capturar.
La versión oficial diría después que Dillinger intentó sacar un revolver que llevaba en el bolsillo del saco y que entonces los agentes le dispararon, pero los relatos de algunos testigos, publicados en diferentes diarios, coincidieron en que
Los restos del hombre muerto a balazos la tarde del 22 de julio de 1934 al salir del cine fueron enterrados el 5 de agosto en el cementerio de Crown Hill, en Indianápolis, en una tumba sellada con hierro y hormigón. Pero

Una sobrina molesta
La muerte de John Dillinger dio un enorme impulso a la figura de Hoover, que con el correr de los años llegó a acumular un poder que ningún presidente se atrevió siquiera a recortarle. Dirigió con mano de hierro el FBI hasta el día de su muerte, el 2 de mayo de 1972, cuando el cadáver del asaltante de bancos más famoso de los Estados Unidos llevaba casi cuatro décadas bajo tierra.
La muerte le evitó el disgusto de saber que, en 2019, volvió a ponerse en duda la identidad del cadáver que yace en el cementerio de Crown Hill. Ese año, Carol Thompson, sobrina de John Dillinger, presentó ante la justicia un pedido para exhumar el cuerpo y realizar un examen de ADN para confirmar o descartar si se trata de su famoso tío.
Apenas se conoció la noticia del reclamo de Thompson, el FBI respondió con un tuit que aseguraba que
Luego sucedió algo extraño: cuando se dio por terminada la pandemia y se podía seguir adelante con el proceso de identificación la señora Thompson desistió de hacerlo. Nunca explicó las razones que la hicieron cambiar de opinión y entonces corrieron rumores de que había recibido algún tipo de presión por parte del FBI. El director de la agencia, Christopher Asher Wray, ni siquiera se molestó en desmentir esa versión, pero respiró aliviado, porque si se llegaba a comprobar que el muerto del cementerio de Crown Hill no era John Dillinger, la imagen del prócer Hoover sufriría una mancha imborrable.
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