
“Este desastre es mucho más traumático para mí que el accidente de Nürburgring. Allí estuvo en juego mi propia vida, pero ahora 223 personas perdieron las suyas en uno de mis aviones. Sé que jamás podré superarlo del todo”, dijo Niki Lauda casi con lágrimas en los ojos frente los periodistas que lo esperaban en el aeropuerto de Bangkok. El excampeón del mundo de Fórmula 1 seguía impactado por
Niki Lauda era un hombre acostumbrado a las tragedias, y también a superarlas. Quince años antes, la muerte lo había tocado de cerca cuando estaba al volante de un Fórmula 1 en el circuito alemán de Nürburgring, en Alemania. Allí, a bordo del auto número 1 de Ferrari, pisó un charco de agua en la difícil curva de Kesselchen disparado a 242 kilómetros por hora y perdió el control del auto. La Ferrari patinó, rebotó contra una valla de contención y volvió hacia el centro de la pista, donde comenzó a incendiarse. Dos pilotos que venían detrás chocaron con él y otro pudo detenerse evitando la colisión. Entre los tres
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Una ambulancia lo trasladó de inmediato al hospital, con
Para entonces ya había fundado
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Una llamada y un desastre
“Cometimos un error. La bomba era para un avión de United Airlines que salía de Bangkok al mismo tiempo”. La voz anónima que entró por el número directo de la Jefatura del Aeropuerto Internacional de Schwechat, en Viena, no adjudicó el atentado a ningún grupo terrorista, simplemente informó sobre la equivocación y desapareció de la línea. La llamada no parecía tener sentido y, de todos modos, ya era demasiado tarde: hacía un par de horas que la noticia de la caída del vuelo NG004 de Lauda Air veinte minutos después de despegar de Bangkok había dado la vuelta al mundo, potenciada por la identidad del dueño de la compañía aérea.
A la hora que la estación aérea austríaca recibió la llamada anónima, la policía tailandesa y varios helicópteros de la Fuerza Aérea ya estaban trabajando en la zona del desastre. “Está oscuro y las condiciones son difíciles. Hasta ahora no hemos encontrado sobrevivientes”, informaba el jefe del operativo de rescate cuando en Tailandia eran las tres de la mañana. Los testigos no se ponían de acuerdo en cómo se había producido la catástrofe. El sargento de policía Charang Palung estaba patrullando el área cuando ocurrió. “El avión se convirtió en una enorme bola de fuego en el aire, estalló como una enorme explosión de fuegos artificiales y después cayó”, dijo. Sin embargo, sus compañeros de la delegación policial de Dan Chang —un pueblo cercano— habían visto otra cosa: “Chocó contra la colina, explotó y cayó envuelto en llamas”, relató uno de ellos.
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La primera versión podía encajar con la hipótesis de la bomba, de la cual las autoridades tailandesas todavía no tenían noticia; la segunda parecía indicar que la caída del avión era el resultado de un accidente.

De Viena a Bangkok
Poco después, ese mismo domingo en Viena, Lauda —que, además de dueño era el presidente de la compañía aérea— hizo su primera declaración sobre la catástrofe. “Estamos en comunicación con las autoridades de Tailandia tratando de precisar, cuanto antes, qué ocurrió. Las presunciones de que se trataría de un atentado son por el momento solo eso, presunciones”, dijo frente a las cámaras de televisión. Lo que sí podía asegurar, agregó, era que la aeronave estaba en buenas condiciones. “Se trata de un avión de última generación, muy seguro, en perfecto estado de mantenimiento, que venía operando sin dificultades desde hace 18 meses”, informó.
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En ese momento, Lauda no podía dar todavía la nómina de pasajeros, pero en la oficina de la compañía aérea se distribuyó entre los periodistas una lista con las nacionalidades de algunos de ellos. Contabilizaba 84 austríacos, 55 chinos de Hong Kong, 10 italianos, 7 suizos, 6 chinos de la República Popular, 4 alemanes, 3 yugoslavos, otros tantos portugueses, 2 estadounidenses, dos filipinos, un turco, un polaco, un brasileño, un británico y un australiano.
En Tailandia, mientras tanto, la llegada de las primeras luces del día en lugar de favorecer las operaciones de rescate las complicó. Cientos de personas que no tenían nada que ver con los grupos de socorro se metieron en la zona del desastre para conseguir cualquier objeto de valor que pudieran encontrar: relojes, ropa, calculadoras, joyas, pasaportes —sobre todo europeos, que se cotizaban muy bien en el mercado negro de Bangkok— e incluso piezas del avión para venderlas como siniestros souvenirs.
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El desorden era tan grande que una patrulla especial de la policía de fronteras debió acordonar el área para impedir el acceso de los oportunistas y de los simples curiosos. “

La hipótesis de los narcos
En la capital austríaca, los servicios de seguridad locales no demoraron mucho en descubrir el origen de la llamada anónima recibida en el Aeropuerto Internacional de Viena. Hallaron que el supuesto denunciante se había comunicado desde Alemania, más precisamente desde un teléfono público del centro de Hamburgo. Pero allí terminó la pista, porque resultó imposible rastrear más allá. “Hemos tomado con toda la seriedad del caso la llamada sobre la existencia de una bomba dentro del avión y la seguiremos investigando hasta las últimas consecuencias, pero también es necesario tener en cuenta que no se trató de la reivindicación de un atentado y que nadie se lo adjudicó. Cuando eso ocurre, es muy probable que las llamadas sean falsas”, explicó Harald Hass, encargado de prensa de la Embajada de Austria en Bangkok.
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La hipótesis de un atentado contra el 767 de la compañía de Niki Lauda se vio reforzada sin embargo por las identidades de dos de los pasajeros del avión. Uno de ellos era
La noticia de la presencia de McIntosh en el avión rebotó con fuerza en los medios de comunicación austríacos, que casi unánimemente se inclinaron por la teoría de una venganza de narcotraficantes.
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Otro gran diario, el

Un juego de intereses
La posibilidad de un atentado perpetrado por orden de los barones de la droga de Tailandia venía como anillo al dedo para que Lauda Air se sacara la responsabilidad de encima, porque en ese caso las culpas recaerían sobre la seguridad del aeropuerto de Don Muang. “Para mí no hay duda de que se trató de un acto de sabotaje. Y esto lo digo debido a las características del accidente, porque de acuerdo con la información que manejamos hubo
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Las autoridades aéreas tailandesas reaccionaron de inmediato: “Es imposible que se haya colocado subrepticiamente una bomba en el interior del aparato durante su escala en Bangkok debido a las extremas medidas de seguridad que tenemos aquí. De acuerdo con la teoría que manejamos nosotros, la caída del aparato se debió a los fuertes vientos que se registraban en la zona a la hora del accidente”, respondió Somboon Kahong, el director del aeropuerto, en una conferencia de prensa urgente.
Sin caer en el juego de intereses que llevaba a unos y a otros a sostener o desmentir las diferentes teorías, el prestigioso editor de la revista inglesa
En medio de esa batalla de acusaciones cruzadas, los peritos que trabajaban en Tailandia guardaban silencio. Sabían que

Un incendio y un error
El
Ese fue su último contacto antes de que el avión desapareciera de las pantallas de radar: ni la torre de control del aeropuerto ni el personal de Lauda Air en tierra habían recibido señales de socorro, como es habitual cuando ocurre un desperfecto en una aeronave en vuelo. Aún en los casos en que una situación de emergencia se desarrolla de manera vertiginosa, el piloto tiene tiempo de pedir auxilio. Welsh no lo había hecho, por lo que los expertos consideraron que no había tenido oportunidad de hacerlo. En ese caso, las posibilidades quedaban reducidas a dos:
La situación se aclaró el jueves 30, cuando el resultado de un peritaje demostró que
Niki Lauda no podía creerlo. Consternado, luego de visitar la zona del desastre hizo una declaración de solo ocho palabras.
En 2001, diez años después del desastre del Boeing 767, el excampeón de Fórmula 1 vendió Lauda, su compañía, al socio mayoritario, Austrian Airlines. A finales de 2003, creó una nueva empresa aérea, Niki, que cerró en 2017. Niki Lauda falleció el 20 de mayo de 2019, a los 70 años, en un hospital en Zúrich, debido a una infección hospitalaria luego de someterse a una diálisis renal.
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