Lionel Messi camina hacia la historia

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Este domingo Messi disputará su tercera final del mundo (EFE/ Alberto Boal)
Este domingo Messi disputará su tercera final del mundo (EFE/ Alberto Boal)

A última hora de la tarde del miércoles, las calles de

En la cancha cubierta y con aire acondicionado en Atlanta, bajo un techo que no dejaba entrar el calor de Georgia, Messi no tenía prisa. La semifinal comenzó como una pelea a pedradas: piernas que se agitaban, jalones desesperados, entradas agresivas, una pelota que desaparecía repetidamente bajo la urgencia de alcanzarla. Los jugadores más jóvenes de Inglaterra presionaban, chocaban y perseguían.

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En medio de todo ese movimiento,

A los 39 años, Messi, uno de los jugadores de mayor edad en el torneo, corre menos que antes y recorre menos terreno. El domingo jugará lo que casi con certeza será su último partido en una Copa Mundial. En torneos anteriores, Argentina dudó de su genialidad y lo culpó por cada fracaso. Pero

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Un partido contiene más de un reloj. Está el oficial, brillante e implacable, y está el tiempo más silencioso en el que un defensor se cansa, un mediocampista pierde medio metro, un carril de pase permanece abierto un segundo más de lo que debería.

Messi no camina porque se haya ido del partido.

Camina para entrar en él.

Caminaba así a los 29 años. Caminaba así a los 19, también.

La mitología del joven Messi se basaba en su velocidad: su centro de gravedad bajo, la pelota tan pegada a sus pies que parecía más persuadida que controlada, el paso repentino por espacios que no parecían existir hasta que él los habitaba. Pero incluso entonces, su habilidad más profunda no era simplemente que se movía más rápido que el partido. Era que veía el partido antes que nadie.

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En el Barcelona, el club donde se hizo famoso, su visión vivía dentro de una estructura. Sus compañeros recuperaban la pelota, ofrecían ángulos de pase, corrían más adelante que él y se llevaban a los defensores. Cuando Messi recibía un pase, varios futuros posibles ya estaban ligados a él. Y Messi parecía capaz de verlos todos.

Esa estructura a menudo desaparecía detrás de la brillantez de Messi. Denle la pelota, concluía la gente, y la organización pasaba a ser secundaria. El Barcelona trataba el genio de Messi como parte de un sistema. Argentina lo trató como el sustituto de uno.

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Durante años, Argentina cometió dos errores sobre él que estaban relacionados.

Messi, por supuesto, usa el número 10. Ningún argentino que use ese número entra solo. Diego Maradona, pequeño y zurdo, había vestido la camiseta como una tormenta pública. Su forma de hablar, su rebeldía, su alegría y su dolor eran imposibles de pasar por alto. Para cuando Messi heredó el número, Maradona había establecido un lenguaje nacional de grandeza que se esperaba que Messi hablara.

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Messi se fue de Argentina para ir a España a los 13 años. Años después, cuando Argentina realmente lo conoció, gran parte de su formación ya había ocurrido en el Barcelona. Los argentinos reconocieron el don familiar —el genio pequeño y zurdo—, pero no la figura desconocida que lo portaba.

En el fútbol sudamericano, “pecho frío” es el antiguo veredicto contra un jugador del que se cree que carece de temperamento cuando el momento lo exige. En el Barcelona, la quietud de Messi podía entenderse como concentración. Con Argentina, se presentaba como prueba en el expediente en su contra.

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Argentina le pedía no solo que jugara como Messi,

Entre 2014 y 2016, Argentina perdió tres finales en tres veranos. Alemania marcó en los últimos minutos de la final de la Copa Mundial. Chile derrotó a Argentina en penales en cada una de las siguientes dos finales de la Copa América. Messi metió el primer disparo y falló el segundo; sus compañeros también fallaron. Pero las cámaras seguían volviendo a él.

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Para esa tercera derrota, Messi ya no era simplemente el mejor jugador del equipo perdedor. Se había convertido en la explicación de por qué perdía Argentina. Su genio se había convertido en el servicio de emergencias de Argentina: cualquier cosa que el equipo no lograra resolver, se esperaba que él la resolviera solo. Después, dijo que no volvería a la selección nacional.

Pero regresó.

En 2018,

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Scaloni también lo rodeó de jugadores más jóvenes que habían crecido viéndolo jugar.

La transformación se hizo visible en la final de la Copa América 2021 contra Brasil. Esa victoria le dio a Argentina su primer trofeo importante en 28 años y a Messi el primero con la selección mayor. Con el silbatazo final, desapareció bajo los cuerpos de sus compañeros. Él había cargado a Argentina a lo largo del torneo. Ahora ellos lo cargaban a él.

La Copa Mundial de 2022 convirtió la nueva relación entre Messi y Argentina en un asunto global. Contra México, la eliminación repentinamente se volvió posible, y Messi marcó el gol que pareció estabilizar el torneo de Argentina. Contra Países Bajos, la furia del silencioso capitán se exteriorizó: discutió, gritó y celebró desafiante. Sus compañeros se le unieron.

No se había convertido en Maradona. Se había convertido en sí mismo.

Para cuando Messi levantó el trofeo de la Copa Mundial de 2022, Argentina había aprendido a interpretar su silencio y su furia como las formas en las que soportaba el peso de su carga colectiva.

El miércoles en Atlanta, a los 10 minutos del segundo tiempo,

La hinchada argentina cantaba una vieja canción de estadio: “por esta camiseta, ganar o morir”. Inglaterra jugaba para ganar o irse a casa. Argentina veía un límite más definitivo.

Scaloni comenzó a cambiar cautela por atacantes. Inglaterra hizo lo opuesto y sumó defensores. Argentina intercambió seguridad por posibilidad. Inglaterra intercambió posibilidad por tiempo.

Messi caminaba entre la posibilidad y el tiempo. Siempre ha caminado. Lo que cambió fueron todos a su alrededor. Argentina finalmente hizo las carreras que la visión de Messi requería. Otros jugadores llevaron el partido hacia los momentos que solo él podía ver.

En el minuto 85, Messi recibió la pelota cerca del borde derecho del área de penal. Su compañero

Siete minutos después, Messi centró con el pie derecho —el que suele usar para regresar la pelota a su izquierda— para pasarle la pelota a

Messi no había corrido más rápido que Inglaterra. Argentina había organizado la noche para que él pudiera resistir más que Inglaterra.

La final tendrá su reloj oficial, brillante e implacable. Messi estará mirando el otro.

A los 19 años, parecía capaz de correr más rápido que el futuro. A los 39, ha llegado al borde de ese futuro, con un equipo a su lado.

Él caminará. Argentina correrá.

Quizás sea la última vez que los veamos así.

Pase lo que pase este domingo, eso será suficiente.

© The New York Times 2026.

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