“Cuando una meta ya alcancé / Cuando la clave revelé / Cuando llegué a conocer lo desconocido / Si algo imposible quedó atrás / Y lo que era extraño es habitual / Mi interés de pronto quedó desvanecido”.
Lionel Messi llegó al
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Ya sin las presiones que lo persiguieron toda su carrera (sobre todo cada vez que se vistió de albiceleste), aunque sin resignar un ápice de apetito, encaró su proyecto en el
“Si pude ya encontrar lo que buscaba / Cuando un deseo intenso se cumplió / Si resolví el truco que me desvelaba / La magia que quedaba se acabó”.
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No hubo una comunicación oficial. Hasta el propio
Una sobrecarga muscular inoportuna alteró el guion justo en el último partido con su club antes de sumarse al plantel para la gran cita. Tal vez fue solo el giro para darle una pátina de épica más, como si le faltara a su historia. Porque volvió a la acción justo en el último amistoso antes del Mundial, y lo hizo con un gol frente a Islandia. Y con la motivación palpitante jugó ante Argelia con los bríos de aquel adolescente del mohín a José Pekerman porque no entró en el duelo de cuartos de final ante Alemania en 2006, que decretó la eliminación albiceleste.
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Uno, dos tres goles. Todos golazos, cada uno con diferente impronta. Cayó otro récord, cayeron las dudas en Argentina por la epidemia de molestias físicas, los rivales fueron debidamente notificados de que el campeón está en la casa, con Messi, el eterno Lionel Messi, al comando. Y, contra Austria, martilló el aviso.
“Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador / Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador».
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Siempre quiere más.
Sí, el
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“Llegó acompañado por el padre, Jorge, y el representante. Salió el preparador físico, que era Salorio y le dijo:
En ese momento, declamaba su personalidad desde su desparpajo, vencía la timidez con habilidad. Un jugador sin temperamento no se aplicaba solo las inyecciones para resolver el déficit de la hormona de crecimiento, no respondía a las patadas pidiendo de nuevo la pelota, o no era capaz de rechazar una y otra vez las ofertas de España -hasta el cocinero lo tentó- para cumplir el sueño de jugar para Argentina, cuando se había marchado del país a los 12 años para sumarse a la Masía de Barcelona.
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Un futbolista sin su ambición sin fin no jugaba un Mundial Sub 20 con 17 años y, pese a iniciar como suplente, se convertía en top scorer y figura. O no crecía en el espejo de
“No pierdo el tiempo en festejar / Ni paro para meditar / Voy como Sísifo cargando con su piedra / Y cuando al límite llegué / Y la frontera traspasé / El reto se esfumó pero sigue mi carrera”.
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La cinta de capitán la recibió interinamente en la era
“Todos decían ‘no canta el himno, no canta el himno’. Y en realidad nadie escuchaba que en los torneos ponían la parte que no era la cantada. Cuando cambió, ¿vieron? Leo lo canta”, lo defendió
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“Cuando alcancé el trofeo que deseaba / Si el día esperado ya pasó / Cuando atrapé la presa que anhelaba / El juego al que jugaba terminó”.
La gloria merodeó varias veces en aquella colección de finales ingratas. Pudo ser en la Copa América de 2007, cuando todavía era un niño. Luego, en el Mundial de Brasil 2014, cuando le pasó por al lado al trofeo y lo miró con frustración, como si fuera inalcanzable. Los dos torneos intercontinentales de 2015 y 2016, con los penales infames ante Chile, casi le hacen bajar los brazos. O lo hicieron, pero por apenas unos días.
“Hablaba más con los compañeros para expresar lo que sentía, no era de levantar la voz. Por ahí, esa función la cumplía Mascherano. Hoy está más maduro, más abierto a hablar con todos y decir lo que piensa”, semblanteó alguien que conoce a la perfección los pasillos de Ezeiza. Pero esa búsqueda inclaudicable, ese insistir, seguía hablando de su tesón. Mientras, por más que cargara con la cinta, Masche era su escudo.
“Yo decía que iba a ser un jugador muy importante, por eso lo llevamos en el primer Mundial siendo muy jovencito, pero creímos que le iba a hacer muy bien estar en alemania.
“Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador / Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador».
Las
El periodista
-No nos llega lo que decís. Ya no confiamos en vos. Queremos tener opinión.
-¿Opinión en qué?
-En todo.
-¿Y ustedes van a armar el equipo, dirigir los entrenamientos, todo?
“Me preguntaste diez veces a qué jugadores querías que pusiera y a cuáles no, y nunca te di un nombre. Decime adelante de todos si alguna vez te nombré a alguien”, lo cruzó Leo, dándole a entender que, hasta esa situación límite, jamás había interpuesto su criterio o relación con sus compañeros para objetar determinaciones o realizar sugerencias.
Según reza la crónica, “en la sala, además de los veintitrés jugadores y los tres integrantes del cuerpo técnico, estaba presente Claudio Tapia. El presidente de la AFA sabía de antemano lo que le dirían al entrenador, a quien sólo le dijo:
Sin embargo, sentó un precedente, aunque muchos creyeron que el tropiezo ante Les Bleus podía ser el último compromiso de Messi en un Mundial. Lógico, a Qatar iba a llegar con 35. Una cifra límite para cualquier mortal, pero no para Messi.
“Nunca tengo suficiente, no lo puedo evitar / La adrenalina me domina si pienso en lo que vendrá / Soy como un vaso que gotea apenas un pozo que no se llena / Y mientras almuerzo ya estoy pensando en la cena / Si tengo uno, quiero dos, si no me siento mal / No es codicia ni malicia, es ambición emocional / Por obseso no hay receso, lo que obtengo lo desecho / El progreso se nos debe a los insatisfechos / Seré un inconformista, un paria masoquista / Y en verdad la palabra saciedad no está en mi lista / Y con el afán de superarme, arriesgarme no me importa / ¡Quiero tener el pan pero también quiero la torta!“.
Lionel Scaloni lo pensó frutilla de esa torta. Armó la transición en el interinato y lo llamó junto a
El mensaje fue más profundo:
Tal vez esta versión más contestataria, más hacia afuera, surgió en la Copa América de 2019, a partir de las injusticias por el arbitraje en la semifinal ante Brasil, que lo hicieron estallar sin protocolo ante los micrófonos. El tercer puesto también habló. La semilla ya mostraba brotes.
Ese crack retraído, que desbloqueaba a Mister Hyde solo con la pelota, le dejó la reja abierta. ¿Louis Van Gaal lo subestimó en los cuartos de final de Qatar 2022 antes del choque ante Países Bajos? Combustible para Messi, con Topo Gigio en las barbas del bravucón. Tuvo su tobillo hecho una bola de bowling, como Maradona en Italia 90, pero en la final de la Copa América 2024, de la que solo lo pudieron sacar entre lágrimas. Si hasta con su papá atravesando un problema de salud y a pocos días de cumplir 39 años, da la cara en un nuevo Mundial, en el que ya
“Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador / Y siempre quiero más / ¡Un insaciable! / Y siempre quiero más / Un depredador».
Messi siempre quiere más. Un insaciable. Tiene los banquetes sobre la mesa, pero juega con la panza vacía. Tal vez persigue la única marca que le falta, una utópica, casi imposible: la de ganarle al tiempo.

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