Farid Kahhat: “Keiko Fujimori no querrá antagonizar a Trump mientras dure su gobierno”
El internacionalista habla con
Farid Kahhat conversa con La República sobre el papel que viene tomando el Perú en la política exterior | Foto: LR.PorLunes 28 de Septiembre del 2026 · 05:00hLa República en Google
La derecha le criticaba a la izquierda que UNASUR fuera un proyecto ideológico basado en una correlación de fuerzas temporal —la marea rosa de 1999-2010— que no sobrevivió cuando llegaron gobiernos de derecha. El Escudo de las Américas corre el mismo riesgo: es tan ideológico que declara «narcoterroristas transnacionales» a grupos como el Comando Vermelho de Brasil, país que ni siquiera integra el Escudo, como tampoco lo hace México, los dos grandes gobiernos de izquierda que persisten en la región.
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El proyecto subsistirá mientras subsistan dos condiciones: el gobierno de Trump y los gobiernos de derecha radical en la región. Y la suerte de Trump empezará a declinar tras la derrota que se anticipa en las elecciones de medio término de noviembre.
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«Minerales críticos» son las tierras raras y el cobre, y eso remite a China, primer productor y procesador mundial de tierras raras. Estados Unidos no quiere depender de su gran rival estratégico. Al Perú lo afecta de refilón: aunque es gran productor de cobre, en su mayor parte lo funde y refina en China, de modo que las sanciones estadounidenses a esa fundición nos golpean indirectamente. Sobre el control de inversiones que menciona la declaración, eso apunta al puerto de Chancay: para Estados Unidos no es solo competencia económica sino un riesgo de seguridad, porque una empresa estatal china vinculada al Ejército Popular de Liberación administra un puerto de aguas profundas que, según una hipótesis estadounidense sin mayor fundamento, podría tener uso logístico en un conflicto con Taiwán —a 15.000-20.000 km de distancia—. También se insinúa presión sobre «proveedores de confianza» en infraestructura digital, en la línea de lo ya ejercido sobre Brasil y Ecuador contra Huawei en el despliegue de redes 5G. Todo esto está insinuado, no es explícito, pero todo el mundo sabe a qué apunta Estados Unidos. Llama la atención que esos países lo firmen, porque no creo que meternos en el conflicto económico y de seguridad entre China y Estados Unidos sea un interés del Estado peruano.
Distinguiría entre Espá y Fujimori. Espá ha sido consistentemente conservador, quince años como funcionario de la embajada estadounidense y con expresiones muy duras contra China durante la campaña; en su caso sí cabe la posibilidad de que tenga una hostilidad ideológica hacia China y cercanía a EE.UU.
El fujimorismo, en cambio, no nació con una fuerza ideológica de derecha radical: llegó al poder con ministros de Izquierda Socialista y firmó en Beijing acuerdos hoy calificables de progresistas en derechos de la mujer; fue abrazando alianzas de derecha con el tiempo. Keiko no transmite una ideología fuerte, lo cual podría ayudarla a entender que el comercio con China —el doble que con Estados Unidos— y la inversión china —también el doble— son demasiado importantes para ponerlos en riesgo.
El Gobierno tiene la prerrogativa de colocar embajadores políticos, no cuestiono eso. Pero sí puede cuestionarse la idoneidad de ciertos nombramientos. Vargas Llosa padre fue parte de una derecha liberal salvo en los últimos años. El problema de Álvaro son sus críticas del último tiempo: una es un lugar común: para ser ministro antes hay que haber sido crítico de Fujimori. También ha tenido críticas furibundas a la administración Trump, que podrían complicar el consentimiento de Washington. Si esto no ha sido consultado antes, ya de por sí es una mala designación.
Además, tomó posición contraria a la demanda peruana en La Haya frente a Chile —posición equivocada, ya que el Perú ganó 50.000 de los 70.000 km² reclamados— y escribió un artículo durante la guerra del Cenepa, publicado en el Miami Herald, donde, según lo que pude leer a partir de lo explicado por César Hildebrandt en su revista, sugería que Fujimori buscó distraer problemas internos con el conflicto y ponía en duda la peruanidad del territorio en disputa. Es algo inadmisible, sobre todo si se considera que fue el acuerdo de Itamaraty el que le dio la razón al Perú. Esas dos posiciones de por sí hacen que su nombramiento desde ya sea discutido.
Populismo y autoritarismo son innegables: el fujimorismo dio un golpe de Estado que aún defiende sin verdadero propósito de enmienda. El populismo era más fuerte en Alberto, con base electoral serrana y popular; el fujimorismo actual es limeño y de la costa norte. El «nativismo» de Mudde —distinto del nacionalismo étnico europeo— no aplica igual en América Latina, donde la inmigración (venezolana, mayoritariamente católica, hispanohablante) no genera el mismo rechazo. Lo distintivo aquí son dos factores: el discurso de mano dura frente a las altísimas tasas de homicidio de la región —discurso que atrae electorado aunque no resuelva el problema— y el temor heredado del auge electoral de la izquierda de inicios de siglo, tanto a la izquierda radical, que no respeta contratos ni propiedad, como a la moderada, por su agenda en género, matrimonio igualitario, aborto. Sumado a eso está la memoria de la violencia de Sendero Luminoso. Son elementos que el fujimorismo ha adoptado. Por eso se resucita a Sendero retóricamente pese a que como organización ya no existe, salvo el remanente que se autodenomina Militarizado Partido Comunista del Perú.
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No conviene en absoluto, igual que no convino tomar partido en la Guerra Fría entre la URSS y Estados Unidos, cuando el Perú presidió el Movimiento de Países No Alineados. Nuestra prioridad era el desarrollo, no la Guerra Fría. La diferencia es que con la URSS no había una relación comercial comparable a la actual con China. Hay mucho más en juego con nosotros, lo que obliga a mayor distancia hoy. Alguien podría decir que somos un país con una democracia representativa y que eso nos acerca más a Estados Unidos, pero decir que tenemos en común eso cuando Donald Trump intentó un golpe de Estado no se sostiene. El Gobierno de Trump es un gobierno que intentó tomar por asalto la sede del Capitolio y que dejó un saldo de 5 muertos.
Ya que lo citas, quiero empezar haciendo hincapié en lo de Milei, para denotar esa hipocresía. El Gobierno argentino condena la anexión rusa de territorio ucraniano, pero calla ante la anexión israelí de Jerusalén Oriental y los Altos del Golán, y niega autodeterminación a los isleños de Malvinas por implantados, pero no aplica ese criterio a Israel. Es una hipocresía absoluta.
En el caso peruano, es otra forma de congraciarse con Washington, cuyo gobierno republicano tiene a Israel como aliado privilegiado. Algo que no entiende el canciller es que Perú no solo respalda el derecho internacional porque sea lo correcto, sino porque es lo que le conviene: gracias al derecho internacional ganamos el caso en la Corte Internacional de Justicia de La Haya frente a Chile. Por eso tenemos la posición que tenemos frente al tema palestino. Esta votación contradice cincuenta años de política exterior peruana —oposición a la ocupación y anexión israelí, apoyo a la solución de dos Estados—. El año pasado, Perú votó a favor de que Palestina participe en videoconferencia.
Para este gobierno había razones válidas que no tenían que ver con los intereses del Perú, salvo algunos principios, para romper relaciones con Irán basándose en esos mismos principios. Y si esos son los principios, primero no deberíamos haber roto relaciones con Irán sin hacerlo también con Israel. No solo no las hemos roto, sino que seguimos contratando con empresas israelíes, como Elbit Systems: la propia relatora de la ONU, Francesca Albanese —la primera en hablar de genocidio en Gaza, en un informe titulado «Anatomía de un genocidio»— elaboró un segundo informe, «La economía del genocidio», en el que se señala a sesenta empresas como cómplices, una de las cuales es Elbit Systems, con la que FAME —la fábrica de armamento del Ejército— firma contratos. No solo no hemos roto relaciones con Israel, sino que hay contratos con irregularidades en la compra y el adiestramiento en armamento israelí.
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Keiko no querrá antagonizar a Trump mientras dure su gobierno, aunque este saldrá debilitado de las elecciones de medio término de noviembre —los modelos dan más de 85% de probabilidad de que los demócratas ganen la Cámara y hasta 65% el Senado—. Pero el presidente sigue con prerrogativas en materia de política exterior.
Hay motivos para no ser del todo pesimistas: la derecha radical, donde ha gobernado, no ha resuelto los problemas que la hicieron popular y empieza a perder elecciones (Suecia, Hungría, probablemente Finlandia). Se vienen tres elecciones cruciales: una posible derrota de Netanyahu en Israel, la posible reelección de Lula en Brasil, y las elecciones de medio término en EE.UU. A la derecha radical no le está yendo bien ni en lo económico, como en Argentina, ni en seguridad, como en Ecuador, lo que podría dejar al gobierno peruano en una posición cada vez más difícil de sostener.
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