
“Sigo viendo a hombres negros siendo asesinados a tiros, cuerpos de personas negras tirados en la calle. He vivido la masacre a diario.
Cuando se presentó en el Congreso, Viola Fletcher –que murió en 2025, a los 111 años– era una de las dos últimas sobrevivientes del
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En la década de los años veinte del siglo pasado, el barrio de Greenwood, un enclave negro de la ciudad de Tulsa, Oklahoma, se destacaba por su bonanza económica. La repartición de tierras luego del fin de la guerra civil estadounidense había beneficiado a algunas comunidades afroamericanas e indígenas y gracias a ese fenómeno Greenwood se había fortalecido, a pesar de estar segregado, como cualquier otro barrio negro de la época. “
Eran tiempos de fuertes tensiones raciales. De hecho, en 1918, cuando las tropas estadounidenses regresaron de Europa al finalizar la Primera Guerra Mundial, en lugar de ser recibidos como héroes muchos soldados negros fueron linchados con los uniformes puestos en las ciudades a las que volvían. Al año siguiente se desató el “Verano Rojo”, una serie de ataques y linchamientos contra los afroestadounidense en muchos lugares del país. Aún en ese clima y quizás por tratarse de un barrio rico, Greenwood no había sido escenario de ataques masivos contra la población negra hasta que la magnificación de un incidente banal magnificado por la prensa encendió la mecha que hizo estallar la violencia.
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Un ascensor y un artículo incendiario
El comienzo de todo fue un hecho tan insignificante como confuso. La tarde del 30 de mayo de 1921, Día de los Caídos, Dick Rowland, un lustrabotas negro que trabajaba en el centro de Tulsa tuvo ganas de ir al baño. Como las leyes de segregación le impedían usar el mismo servicio que los ciudadanos blancos hizo el recorrido que ya se sabía de memoria: caminó hasta el edificio Drexler y
En realidad, nunca se supo qué sucedió. “Aunque es todavía incierto describir con precisión lo que pasó el 30 de mayo de 1921 en el edificio Drexel,
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Todo podría haberse aclarado con las declaraciones de los dos chicos en el juzgado, pero no hubo tiempo porque en el medio se perpetró una operación de prensa que

Dos días de violencia
Convocados así por
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Después de eso, la violencia se trasladó a Greenwood. Alrededor de las diez de la noche, una turba de hombres blancos, entre los cuales había policías, se dirigió al Wall Street negro y comenzó a disparar contra los vecinos y a quemar edificios. Hombres, mujeres y niños fueron sacados de sus hogares y negocios y asesinados en las calles. El asalto duró alrededor de 16 horas, hasta que intervino la Guardia Nacional porque la policía no hizo nada para impedir los ataques.
El Ayudante General de la Guardia Nacional, Charles Barrett, llegó alrededor de las 9 de la mañana del 1° de junio 109 soldados trasladados desde la capital del estado, Oklahoma City, y también convocó refuerzos de varias otras ciudades. A esa altura del día, la mayoría de los ciudadanos afroamericanos sobrevivientes de los ataques había huido de la ciudad o estaba bajo custodia en los varios centros de detención. Las tropas declararon la ley marcial a las 11:49 de la mañana y hacia el mediodía consiguieron acabar con los últimos focos del disturbio.
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El saldo era aterrador: aunque el Departamento de Estadísticas Vitales de Oklahoma dio

Un siglo de silencio
La masacre acabó además con la prosperidad del
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La masacre fue cubierta con un manto de olvido y deliberadamente dejada fuera deliberadamente de los libros de historia. Recién en 1998, 77 años después de los hechos, el estado de Oklahoma comenzó a investigar la localización de las fosas comunes, aunque no tardó en cerrar el caso. Hubo que esperar hasta 2018 para que el alcalde reabriera la búsqueda con un proyecto para localizar las tumbas colectivas mediante un radar de penetración subterránea y recuperar los restos e identificar a las víctimas.
A principios de 2020, un grupo de habitantes de Oklahoma, encabezado por Lessie Benningfield Randle, por entonces de 105 años, y Viola Fletcher, que tenía 106, presentó una demanda exigiendo indemnizaciones para los herederos de las familias víctimas de la masacre. En la presentación acusaron al Ayuntamiento de Tulsa, al condado de Tulsa, al sheriff del condado de Tulsa de la época, a la Guardia Nacional de Oklahoma y a la cámara regional de Tulsa por su participación directa en la masacre. Según los abogados, los acusados “se han enriquecido injustamente a expensas de los ciudadanos negros de Tulsa, así como de los supervivientes y de los descendientes de las víctimas de la masacre de 1921”.
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Sin embargo, no obtuvieron justicia. Sin mucho trámite, la Corte Suprema de Oklahoma desestimó definitivamente la demanda por reparaciones y dictaminó que, aunque los agravios eran legítimos, no encajaban dentro del marco legal de la ley estatal sobre “molestias públicas”.
Luego de la muerte de su compañera Viola Fletcher a los 111 años el 24 de noviembre de 2025, Lessie Benningfield Randle, que también acaba de cumplir 111 años, es la única testigo viva de la masacre de Tulsa.
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