
El año 1342 fue, en términos de inundaciones, el más extremo que registra
Ríos como el Rin, el Danubio, el Meno, el Elba y el Tisza desbordaron en repetidas ocasiones;
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Durante siglos, los registros históricos mantuvieron el foco casi exclusivo sobre esa crecida de julio de 1342, bautizada con el nombre de la festividad del día en que alcanzó su pico en el centro del Sacro Imperio Romano. Los indicios de que existían otros eventos asociados estaban dispersos en miles de documentos medievales que nadie había reunido ni cotejado de forma sistemática.

Un nuevo estudio, basado en
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La investigación fue publicada en la revista
Una serie de desastres encadenados
La reconstrucción identifica 16 eventos de inundación mayores a lo largo de casi dos años. Cuatro alcanzan períodos de retorno, es decir, la frecuencia estadística con la que cabe esperar que una inundación de cierta magnitud vuelva a ocurrir, de entre 500 y 1.000 años.
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El estudio les asigna nombres vinculados al calendario litúrgico: la inundación de la Candelaria, la de la Magdalena, la de Santiago y la de Bartolomé.
La de la
La de la
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“Muchas miles de personas murieron en las inundaciones, por el hambre y por la enfermedad”, afirmó Andrea Kiss, historiadora medievalista y geógrafa de la TU Wien y autora principal del estudio, según el comunicado de prensa institucional.
El estudio detalla además que las aguas no cedían completamente entre evento y evento, lo que generó problemas sanitarios prolongados: enfermedades de transmisión hídrica, entre ellas lo que los documentos medievales llaman una “enfermedad hemorrágica mortal” —probablemente disentería— se propagó por las zonas más afectadas.
Las causas climáticas: volcanes y hielo ártico
El equipo identificó una combinación de factores que constituye, según el trabajo, una explicación plausible para la concentración de inundaciones en tan poco tiempo. Alrededor de 1340 y 1341, se produjeron al menos cinco erupciones volcánicas tropicales y un número elevado de erupciones fuera de las regiones ecuatoriales, entre ellas la del volcán Hekla en Islandia en 1341.
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Los aerosoles de azufre, partículas microscópicas que esas erupciones lanzan a la estratosfera, la capa de la atmósfera ubicada entre unos 12 y 50 kilómetros de altitud, tienden a bloquear parte de la radiación solar y a enfriar las temperaturas superficiales del hemisferio norte.
Ese enfriamiento probablemente desplazó hacia el sur la corriente en chorro del Atlántico Norte, una banda de viento de alta velocidad en altura que actúa como guía de los sistemas de baja presión, y favoreció condiciones que aumentan la probabilidad de que ciclones intensos y lluvias prolongadas afecten al continente.
Al mismo tiempo, el trabajo señala que reconstrucciones basadas en núcleos de hielo del mar de Barents apuntan a un retroceso multianual del hielo marino ártico en esa zona a partir de mediados de la década de 1330, un factor que el estudio considera una contribución posible, aunque no definitivamente probada.
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Su reducción disminuye el albedo, la capacidad de la superficie para reflejar la radiación solar, y eleva la temperatura del Atlántico Norte. Esas aguas más cálidas, combinadas con el enfriamiento volcánico, habrían favorecido ciclones más frecuentes e intensos.
“La interacción de estos factores pudo haber contribuido a sistemas de baja presión intensos, lluvias prolongadas y, por tanto, a la inusual serie de inundaciones”, afirmó Andrea Kiss, según el comunicado de prensa institucional.
El peso del olvido y la memoria selectiva
Una pregunta que el equipo investigador se planteó fue por qué solo la inundación de la Magdalena sobrevivió en la memoria colectiva. El estudio apunta a varias razones. Tras las inundaciones de julio de 1342, las autoridades locales de las ciudades alemanas afectadas instalaron marcas de crecida y placas conmemorativas en edificios emblemáticos, lo que institucionalizó el recuerdo de ese evento específico en esas regiones.
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Otras inundaciones, como la de la Candelaria en Praga, no dejaron marcas físicas similares. “Los datos históricos muestran que no fue un solo episodio, sino toda una serie de eventos”, afirmó Günter Blöschl, hidrólogo y responsable del equipo en la TU Wien, según el comunicado de prensa.
A eso se suma que los registros medievales conservados tienen una distribución geográfica desigual, con mayor densidad en las regiones centrales del Sacro Imperio, y que las crónicas tendían a tratar las inundaciones posteriores a la primera gran crecida como continuaciones del mismo desastre.
“Podemos reconstruir mes a mes qué regiones se vieron afectadas. Esto muestra con claridad que una serie de eventos se extiende como un rosario a lo largo de los años 1341 a 1343”, afirmó Andrea Kiss, según el comunicado de prensa.
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Qué implica este hallazgo para la gestión del riesgo hídrico actual

El estudio compara los 16 eventos medievales con inundaciones modernas ocurridas entre 1960 y 2020, seleccionadas por su similitud en área afectada, estacionalidad y magnitud. Las conclusiones sitúan la secuencia medieval como equivalente a que los grandes eventos europeos de 1999, 2002, 2005, 2006 y 2013, más una docena de inundaciones menores, hubieran ocurrido todos dentro de un período inferior a dos años.
El trabajo concluye que
Las proyecciones climáticas apuntan a un aumento de los ciclones, sistemas de baja presión que generan vientos intensos y lluvias persistentes, en Europa, y a incrementos en los episodios de lluvia intensa por el ascenso brusco de masas de aire caliente y húmedo. Ante esos escenarios, el estudio indica que se requieren estrategias proactivas de gestión del riesgo que incorporen explícitamente la posibilidad de que varios eventos extremos se produzcan en rápida sucesión.
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