
¿Quedarse o intentar escapar? Nina Ivanova, de 77 años, pensó que las probabilidades de sobrevivir eran las mismas tomara la decisión que tomara, y que
Las fuerzas rusas estaban a poco más de kilómetro y medio de distancia, bombardeando su ciudad, Limán, en el este de Ucrania, con
Limán estaba en llamas, pero los equipos de evacuación civiles y militares ya no entraban en la ciudad, pues era muy peligroso. La única salida era a pie: 15 kilómetros bajo cielos llenos de drones.
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Ivanova
“Nos levantamos y nos fuimos”, dijo.
La vida en Limán
Ivanova y su esposo, Borys,
La ciudad, que tenía una
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Las fuerzas rusas se abrieron paso luchando a través de los densos bosques y campos que rodean Limán y
Con el tiempo, los pequeños avances de Moscú hacia la ciudad empezaron a acumularse, y los ataques contra Limán comenzaron a intensificarse de nuevo el otoño pasado. Fue entonces cuando las entregas de ayuda humanitaria cesaron.
La casa de Ivanova fue alcanzada por un ataque el 17 de diciembre. El techo se derrumbó y las ventanas volaron en pedazos. Dos días después, su sala quedó destrozada en un segundo ataque.
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Sin embargo, su familia estaba a salvo.

Ivanov, de 79 años, que había estado postrado en cama durante ocho años, murió el 12 de enero.
Las cosas no hicieron más que empeorar. Un hombre que vivía en ese sótano murió en un ataque el 14 de marzo. Otro murió al día siguiente, mientras cavaba una tumba para el primero.
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Eso dejó a siete personas en el refugio subterráneo: las Ivanova, una amiga llamada Tetyana Shmarko y una familia de tres integrantes.
Las Ivanova se quedaron mientras
Luego, el 23 de mayo, dijo Ivanova, se dieron cuenta de que simplemente ya no podían seguir sentadas en ese sótano. Su paciencia y su valor se habían agotado.
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La huida
Su intento inicial de caminar hacia un lugar seguro terminó en fracaso.
Después de volver, agotadas y abatidas, llamaron al alcalde y le dijeron que se resignaban a su suerte. Él les dijo que debían descansar un par de días, pero que tenían que intentarlo de nuevo. Volvieron a empacar las mochilas, cuyo peso las había agobiado en el primer intento, sacando ropa deportiva y reduciendo de 10 a cinco los pares de ropa interior y calcetines.
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Dos días después del intento fallido de escapar, y tras una noche que Ivanova pasó rezando —se sentía demasiado ansiosa para dormir o comer—, ella y sus hijas, Olha, de 54 años, y Tetyana, de 53, se prepararon para partir a las 3:40 a. m., cuando
A ellas se unieron Shmarko y la otra familia del sótano: una pareja y su hijo de 31 años, que se encontraba herido. El grupo equilibró las mochilas y a un par de gatos sobre dos bicicletas, y luego empezaron a caminar.
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Esta vez, tomaron una ruta diferente —un camino circular más largo— por consejo del alcalde.

Siguieron avanzando, demasiado asustadas para detenerse siquiera a tomar un sorbo de agua.
La otra familia del sótano tenía dificultades para seguirles el paso. El hijo, con
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Pero las Ivanova y Shmarko no detuvieron sus pasos. Ni sus plegarias.
Las redes antidrones sobre la carretera ofrecían poco consuelo. Los
Ivanova estaba agotada. “
Después de cuatro horas y 20 minutos, lograron ver el río Siverski Donets. La hija de Ivanova, Tetyana, que había pescado allí de niña, corrió para encontrar el cruce y lanzó gritos.
Unos soldados ucranianos salieron de los arbustos en la orilla del río. El alcalde les había dicho que esperaran a las Ivanova.

Las bolsas y los gatos fueron cargados en un pequeño bote de madera que fue tirado a través de las oscuras aguas verdes con cuerdas que se han utilizado durante toda la guerra para transportar soldados y suministros.
Ver el bote que la llevaría marcado por metralletas dejó a Ivanova “tan asustada”, dijo. Si hubiera sabido lo que implicaría cruzar el río, les dijo más tarde a sus hijas, habría rechazado el viaje y se habría “acostado ahí con mi viejo, enterrada en el patio”.
Los soldados intentaron calmar sus temores, bromeaban y les prometían llevarlas “con comodidad”.
Cuando llegaron al otro lado,
Más soldados las recibieron allí, las subieron a vehículos todoterreno y les indicaron: “Agárrense fuerte”.
Hacia un lugar seguro

Los vehículos todoterreno aceleraron a través de un bosque, hasta la autopista y hacia unos vehículos militares que las esperaban y que las llevaron a un centro de evacuación en Sloviansk, donde nos encontramos con ellas.
Cuando se bañaron más tarde, fue la primera vez que el agua caliente había tocado su piel en meses, dijeron.
El cabello rubio de Tetyana Ivanova aún estaba mojado cuando llamó a una tía.
“
Los trabajadores humanitarios les llevaron el almuerzo a las mujeres. Durante siete meses,
“Estamos en shock”, explicó Ivanova, sentada y encorvada en un catre.
Insistió en que se sentía bien después de la caminata. Los tobillos hinchados, aprisionados por unas sandalias negras y doradas que les habían donado, sugerían lo contrario. Y sin embargo, los pies adoloridos no tenían importancia a estas alturas.
“Escapamos del infierno”, dijo Ivanova. “Nos arriesgamos a una probabilidad del 50 por ciento, como dicen: nos mataban allí o en el camino”, añadió. “Cincuenta por ciento… nada que perder”.
© The New York Times 2026.
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