“Pasé unos días difíciles, complicados”. El país entero se estremeció el pasado 16 de junio y no justamente por el triplete que
Jorge Messi luchaba contra una enfermedad hacía largos meses y este sábado 8 de agosto partió de este plano. Resulta casi ilógico que Lionel haya viajado por Estados Unidos para capitanear a un equipo que, sin estar con todas sus luces, jugó otra final del mundo con él en todo su esplendor. Toleró patadas rivales y una campaña anti Argentina que lo tuvo como foco. Pero, sin lugar a dudas, lo que más lo dañó fue que hablaran de su papá y se metieran en la intimidad por la que tanto vela. Por eso, que después de la Copa del Mundo se haya internado en su búnker familiar en Rosario fue un mimo al alma y necesario.
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Pudo haber algún flash innecesario, es cierto, pero la gente en general respetó a rajatabla el hermetismo que la familia Messi creyó necesario para despedir al líder de su clan y mentor de la que seguramente sea para toda la eternidad la mejor carrera de un futbolista. Casi no se filtraron datos de su arribo y partida al aeropuerto Islas Malvinas de Fisherton, su círculo íntimo no ventiló cómo sería la ceremonia en honor a Jorge, pocos cholulos de la zona se acercaron para husmear lo que pasaba detrás de las rejas del cementerio El Prado de la localidad de Pérez, aledaña a Rosario, y apenas algunos niños conmovidos con la noticia le dejaron ofrendas en la puerta a Messi por la idolatría natural.
Estuvieron los que tenían que estar. Un círculo familiar íntimo abierto a las amistades más importantes. Las últimas lágrimas se derramaron con puertas cerradas. Lionel concluyó su participación en la Copa del Mundo sabiendo que Jorge había cancelado a última hora su viaje debido a su estado de salud y que prácticamente toda la familia permaneció a la distancia para acompañarlo, pero cumplió con lo que seguramente le habrá pedido:
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“Sé lo que él disfruta con el fútbol, viéndome jugar, sufriendo muchísimo”, había revelado
La noche anterior a su partido en Inter Miami, las noticias desde Rosario no fueron buenas. Solo una triste novedad como el fallecimiento de su padre podía modificarle la agenda futbolística, compromisos que para Jorge siempre fueron innegociables desde que él mismo ensayó una breve carrera en las Inferiores de Newell’s hasta ser llamado para hacer el servicio militar, y que también motivó en su hijo mayor, Rodrigo, que se frustró antes de saltar a Primera. Leo partió con su núcleo familiar al mediodía del sábado desde Fort Lauderdale en vuelo chárter y se dirigió directamente desde Fisherton hacia El Prado, sitio en el que se reunió con sus hermanos.
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A la distancia,
“Siempre estuve rodeado de mi familia, de mis amigos de siempre. Son realmente los que están conmigo y sufren muchísimo cuando no se cumplen los objetivos o pasan cosas feas”,
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