Insistir en la militarización es insistir en el fracaso
Keiko Fujimori propone desplegar a las FFAA para enfrentar el crimen organizado, sin derogar leyes procrimen.
Las políticas de seguridad que han dado resultados en el mundo tienen un punto de partida que casi nunca aparece en los discursos. Antes que más armas, más patrullaje o más estados de excepción, existe inteligencia.
El resultado se vivió hace unos meses en Pataz, donde entre policías y militares se enfrentaban por quién trabajaba con la mafia. Sin la capacidad de reconocer cómo operan las organizaciones criminales, quiénes las financian, cómo lavan dinero y dónde se infiltran cualquier despliegue militar termina siendo una demostración de fuerza que tranquiliza por unos días, pero que rara vez cambia la realidad y al contrario la empeora.
Por eso sorprende que la presidenta Keiko Fujimori haya colocado la militarización de las calles en el centro de su propuesta de seguridad. No porque las Fuerzas Armadas no puedan cumplir funciones excepcionales, sino porque el problema del Perú no empieza por la ausencia de soldados. Empieza por un Estado que ha ido perdiendo herramientas para investigar y perseguir a las mafias mientras estas fortalecían su poder económico y territorial.
Allí aparece una contradicción que el fujimorismo no ha explicado. Resulta difícil ofrecer mano dura cuando se ha formado parte de una mayoría parlamentaria que impulsó decisiones que caminaron en sentido contrario.
Se cuestionó la extinción de dominio, una herramienta que permite afectar el patrimonio obtenido mediante actividades ilícitas. Se aprobaron reformas que, según diversos especialistas, redujeron la eficacia de la persecución del crimen organizado. Y, antes de concluir la legislatura unicameral, se aprobó un fuero policial y militar con una competencia ampliada que incluso alcanza determinados delitos comunes cometidos por efectivos. Todo ello ha contribuido a debilitar, y no a fortalecer, la respuesta del Estado frente a las organizaciones criminales.
Por eso la discusión no debería concentrarse en cuántos militares saldrán a las calles. La pregunta es otra y deben verlo los diputados y senadores. ¿Existe la voluntad política para reconstruir la inteligencia policial, fortalecer al Ministerio Público y devolverle al Estado las herramientas que ha perdido para enfrentar al crimen organizado? Hasta ahora no hay ninguna señal en esa dirección.



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