En medio de las
La historia de los Cuevas parece salida de una novela de aventuras.
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A pesar de las dificultades – El Pardito tiene apenas una hectárea de superficie y no cuenta con fuentes naturales de agua dulce- Juan y Paula levantaron las primeras viviendas y

A más de un siglo de aquella aventura,
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En los últimos años, las nuevas generaciones encontraron una manera de complementar los ingresos provenientes de la pesca:

El aventurero que encontró su lugar en el mundo
Los descendientes recuerdan que el fundador de la comunidad recorrió distintas islas antes de tomar una decisión definitiva.
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En un reportaje realizado por el youtuber @MsLizardfly, otro de los descendientes, nieto de aquella pareja pionera, relató las dificultades que enfrentaban para desplazarse por la región.
Las embarcaciones eran extremadamente rudimentarias.
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Una familia que creció entre el mar y las dificultades
Una de sus hijas del fundador lo recuerda con cariño, aunque reconoce que tenía fama de conquistador. “

La mujer también destacó el papel fundamental de su madre, quien no sólo sacó adelante a sus propios hijos, sino que también colaboró en la crianza de otros miembros de la familia.
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La vida en El Pardito exigía una enorme capacidad de adaptación. No había comercios ni abastecimiento regular, por lo que
“Hacíamos la cal de caracol. Poníamos una tanda de leña abajo y otra de cáscara de caracol. Cuando ya estaba blanco le rociábamos agua y amanecía la cal blanca, así como una flor”, recordó otra de las hijas de los fundadores.
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Durante décadas, conseguir agua potable fue uno de los mayores desafíos. “Cuando estábamos muy chicos, nosotros el agua la acarreábamos en San Evaristo”, relató una integrante de la segunda generación de los Cuevas.
La situación cambió recién cuando comenzaron a llegar embarcaciones equipadas con plantas desalinizadoras. “Ahora vienen esos barcos grandes que traen desalador, ahí hacemos el agua ahora”, explicó.
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Pero si hubo una actividad que permitió la supervivencia de la comunidad fue la pesca.

“Todo el pescado lo salábamos”, recordó otra de las mujeres de la familia. El proceso era laborioso: primero se colocaba el pescado en grandes tinas con sal, luego se dejaba curtir y finalmente se secaba antes de ser enviado a los mercados del continente. “En ese tiempo era puro pescado salado y muy barato”, recordó otra de las descendientes.
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La pesca del tiburón y una nueva mirada sobre el mar
La pesca de tiburón ocupa un lugar especial en la historia familiar. Arturo Cuevas, bisnieto de los fundadores y representante de una de las generaciones más jóvenes, explica que sigue siendo una de las actividades más fascinantes.
“Es emocionante sacarlo”, contó sobre el momento en que encuentran al animal prendido del anzuelo. Sin embargo, también reconoce que la experiencia les enseñó la importancia de proteger el ecosistema del que dependen: “Ahora miramos la vida de otra manera”, afirmó.

“Todos los pescadores queremos sacar más, pero ahora miramos la vida de otra manera.
Sin embargo, aclaró la actividad también conlleva riesgos. Arturo recordó que cuando era chiquito, un tiburón le pegó una mordida a su papá y casi le saca el brazo.
Al mismo tiempo, el creciente interés de turistas y viajeros por conocer una de las comunidades más aisladas del mundo abrió nuevas oportunidades económicas para la isla:

Y aunque a veces los ingresos escasean, ninguno de los Cuevas parece dispuesto a abandonar El Pardito. La isla representa mucho más que un lugar donde vivir:
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