Cuando
El triunfo en
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También reavivó una pregunta que suele aparecer cada vez que el ecuatoriano protagoniza una actuación memorable: ¿cómo llegó un joven nacido en una pequeña parroquia agrícola del norte de Ecuador a convertirse en uno de los mejores escaladores del mundo?
La respuesta comienza lejos de los Alpes franceses

En
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Su infancia estuvo marcada por la sencillez. Antes de imaginarse vestido con el maillot amarillo o el de lunares del
El talento apareció pronto, aunque no de inmediato sobre una bicicleta. Durante la escuela también destacó en pruebas atléticas, hasta que un entrenador cambió el rumbo de su vida.
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Juan Carlos Rosero, exciclista olímpico ecuatoriano, recorría distintas localidades del Carchi buscando jóvenes con condiciones para formar un proyecto deportivo. Cuando observó a Carapaz entendió que poseía algo difícil de enseñar: una facilidad natural para soportar el esfuerzo prolongado en la montaña.
Rosero lo incorporó al proyecto
En Ecuador sus resultados empezaron a multiplicarse. Ganó competencias juveniles nacionales, conquistó el Campeonato Panamericano sub-23 de ruta en 2013 y terminó segundo en la Vuelta al Ecuador, donde además obtuvo la clasificación de la montaña. Sin embargo, para un ciclista ecuatoriano de aquella época, esos logros todavía no garantizaban una oportunidad en el máximo nivel. El siguiente paso fue Colombia.
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La decisión implicaba abandonar el entorno familiar para competir en uno de los países con mayor tradición ciclista de América Latina. Integró el equipo
Aquella victoria llamó la atención del
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Dos años después obtuvo su primera victoria de etapa en el
La sucesión de resultados continuó. En 2020 fue segundo en la Vuelta a España; en 2021 alcanzó el tercer lugar del Tour de Francia y, pocos días después, consiguió la

Lejos de conformarse, Carapaz siguió construyendo un palmarés singular. En 2022 terminó segundo en el Giro de Italia y conquistó la clasificación de la montaña en la
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Su victoria en la etapa 18 del Tour de Francia 2026 encaja perfectamente dentro de esa identidad.
Mientras otros equipos calculaban diferencias y reservas físicas, Carapaz eligió el riesgo. Permaneció en la fuga durante gran parte de la jornada y, cuando la carretera comenzó a inclinarse hacia Orcières-Merlette, lanzó un ataque que ninguno de sus acompañantes pudo responder. Los últimos kilómetros fueron un ejercicio de resistencia individual que recordó algunas de sus mejores exhibiciones en el Giro y en la Vuelta.
El triunfo también confirmó otra constante de su carrera: su capacidad para reinventarse. Después de haber ganado el Giro de Italia, subir al podio del Tour, conquistar un oro olímpico y vestir el maillot de la montaña en Francia, muchos corredores habrían optado por administrar su experiencia. Carapaz ha elegido el camino contrario. Continúa buscando victorias mediante ataques lejanos, incluso cuando eso implica asumir el riesgo de quedarse sin premio.
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Quizá esa forma de correr tenga una explicación más sencilla de lo que parece. Mucho antes de enfrentarse a los puertos alpinos, el ecuatoriano aprendió que avanzar significaba subir. Las pendientes del Carchi no ofrecían atajos ni estrategias conservadoras. Solo existía una manera de llegar: seguir pedaleando.
Por eso, cada vez que Richard Carapaz acelera en una montaña europea, detrás del campeón olímpico y del ganador del Giro todavía puede reconocerse al muchacho que descubrió el ciclismo entre carreteras rurales del norte del Ecuador. La diferencia es que ahora esas mismas cualidades que lo llevaron a salir de una pequeña parroquia fronteriza son las que continúan permitiéndole conquistar algunas de las cumbres más prestigiosas del deporte mundial.
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